¿Está Guatemala mejor preparada para enfrentar otro gran El Niño?
El Niño se presenta como una fuerte amenaza para las comunidades del Corredor Seco de Guatemala, como ya sucediera en 2015. Foto: Jorge Rodríguez/FAO.

¿Está Guatemala mejor preparada para enfrentar otro gran El Niño?

En el caserío Ojo de Agua Escondida, en Jocotán, las primeras señales de una sequía no aparecen en un mapa satelital ni en un boletín meteorológico. Se sienten cuando el suelo deja de retener humedad, cuando las lluvias se retrasan más de lo habitual y las familias comienzan a preguntarse si vale la pena sembrar o esperar unos días más.

Hace poco más de una década, esa decisión se tomaba casi a ciegas.

El poderoso fenómeno de El Niño de 2015-2016 sorprendió a miles de pequeños agricultores del Corredor Seco guatemalteco. Las lluvias nunca llegaron como se esperaba, las milpas se secaron antes de completar su ciclo y muchas familias perdieron buena parte de las cosechas de maíz y frijol que garantizaban su alimentación durante el resto del año.

Once años después, Guatemala vuelve a observar con atención el comportamiento del océano Pacífico.

Mientras el Instituto Nacional de Sismología, Vulcanología, Meteorología e Hidrología (INSIVUMEH) advierte sobre una canícula que podría prolongarse hasta agosto y una reducción significativa de las lluvias en distintas regiones del país, organismos internacionales mantienen vigilancia de las condiciones oceánicas que podrían favorecer el desarrollo de un nuevo episodio de El Niño. La incertidumbre todavía es alta, pero el recuerdo de 2015 basta para encender las alertas.

La pregunta ya no es únicamente si volverá El Niño.

La pregunta es si Guatemala aprendió lo suficiente para enfrentarlo.

En algunas comunidades del Corredor Seco guatemalteco se utiliza el Kuxur rum, un método de cultivo ancestral que ayuda a preservar la humedad de los suelos. Foto: Jorge Rodríguez/FAO.

El año en que la lluvia no llegó

El episodio de 2015-2016 fue uno de los más intensos registrados en las últimas décadas.

Según la Oficina de las Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA), más de 1.5 millones de personas resultaron afectadas por la sequía en Guatemala. En toda Centroamérica, alrededor de 2.3 millones de personas enfrentaron distintos niveles de inseguridad alimentaria. Solo en Guatemala se perdieron más de 200 mil toneladas de maíz y frijol, los principales cultivos para el autoconsumo de cientos de miles de familias rurales.

Las consecuencias trascendieron la agricultura.

Muchas familias agotaron sus reservas de alimentos, vendieron parte de sus animales para obtener ingresos y dependieron de la asistencia humanitaria durante varios meses. En comunidades del oriente del país, conseguir agua para consumo doméstico implicaba caminar largas distancias hasta pequeñas cañadas o esperar las pocas lluvias para llenar recipientes que debían durar varios días. “Teníamos que ir a buscar agua a las cañadas para bañarnos y lavar la ropa. También aprovechábamos cuando llovía para llenar algunos recipientes y tener agua para beber”, recuerda Paulina Aldana, residente en Ojo de Agua.

Aquella crisis dejó una conclusión evidente: responder cuando las cosechas ya se habían perdido era demasiado tarde.

En Guatemala, la FAO ha dedicado sus esfuerzos en esneñar nuevas capacidades a los pobladores de comunidades en el Corredor Seco del país. Foto: Jorge Rodríguez/FAO

De reaccionar a anticiparse

Después de 2015, comenzó un cambio que involucró a instituciones públicas, organizaciones comunitarias y organismos internacionales. En conjunto, empezaron a construir un modelo basado en la anticipación y en pronósticos climáticos para actuar antes de que la sequía se convierta en una emergencia humanitaria.

En comunidades de Jocotán y Camotán, por ejemplo, surgieron programas de acción anticipatoria que incorporaron semillas tolerantes al estrés hídrico, sistemas de captación de agua, capacitación para interpretar la información agroclimática y mecanismos para proteger los medios de vida de las familias antes de que se produjeran pérdidas.

También comenzó a expandirse el sistema agroforestal K’uxu’rum, una práctica desarrollada junto con comunidades maya ch’orti’ que combina árboles de madre cacao, cobertura orgánica del suelo y cultivos tradicionales para conservar humedad y mejorar la fertilidad.

Los resultados empezaron a medirse.

De acuerdo con datos de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), este sistema ya ha sido adoptado por alrededor de 10 mil personas en el Corredor Seco y permite que los cultivos resistan entre 45 y 55 días sin lluvia. Las familias participantes incrementaron en más del 25% la disponibilidad de granos básicos y lograron extender sus reservas alimentarias en cerca de dos meses. Durante la cosecha de 2024, agricultores que implementaban K’uxu’rum obtuvieron entre un 30% y un 40% más de producción que quienes continuaban utilizando sistemas convencionales.

La lógica cambió.

Ya no se trata únicamente de distribuir ayuda cuando aparece la crisis, sino de reducir la vulnerabilidad antes de que ocurra.

Una apuesta de largo plazo

Ese aprendizaje también comenzó a reflejarse en políticas e inversiones de mayor escala.

En 2025, el Gobierno de Guatemala y la FAO lanzaron el proyecto RELIVE, una iniciativa de 66,7 millones de dólares destinada a fortalecer los medios de vida de más de 116 mil personas mediante la restauración de paisajes, sistemas agroforestales, el manejo sostenible del agua y la agricultura adaptada al cambio climático.

Al mismo tiempo, otras iniciativas impulsan la cosecha de agua, el riego eficiente, la restauración de suelos, el fortalecimiento de las Mesas Técnicas Agroclimáticas y de los sistemas de alerta temprana en distintos departamentos del Corredor Seco.

Todo ello responde a una realidad cada vez más evidente: el cambio climático está aumentando la frecuencia e intensidad de los eventos extremos y hace que fenómenos naturales como El Niño produzcan impactos más severos.

La agencia estadounidense NOAA, anunció que junio de 2026 fue el segundo más cálido de la historia registrada, por detrás de junio de 2024. Foto: NOAA.

Un planeta distinto al de 2015

Once años después de la crisis que dejó el último gran El Niño, Guatemala llega con mejores herramientas para anticiparse a las sequías: sistemas de alerta temprana, prácticas agrícolas adaptadas y proyectos que buscan fortalecer la resiliencia de las comunidades más vulnerables.

Sin embargo, el contexto también ha cambiado. Mientras organismos internacionales monitorean la evolución del Pacífico, el planeta continúa registrando temperaturas sin precedentes. La Organización Meteorológica Mundial informó que Europa occidental vivió el junio más cálido desde que existen registros y la NOAA confirmó que junio de 2026 fue el segundo más cálido a nivel global, solo superado por el de 2024.

El mismo INSIVUMEH ya anunció que el desarrollo de este fenómeno climático está confirmado al 100% y que, a diferencia de lo sucedido hace más de una década, ocurrirá sobre un planeta más cálido que entonces. Para Guatemala, ese contexto vuelve especialmente relevantes las lecciones aprendidas desde 2015 y las medidas adoptadas para reducir la vulnerabilidad de las comunidades que dependen de la lluvia para producir sus alimentos.