La comunidad apícola de Las Mañanitas, en la costa del Pacífico guatemalteco, lucha contra la incertidumbre legal: sin un contrato estatal, su labor de restauración del manglar corre el riesgo de desaparecer.
Mirella Gutiérrez apura las tareas del hogar mientras revisa su teléfono una vez más. Tiene mensajes pendientes sobre pedidos de miel y tutoriales de marketing digital; desde hace unos años, divide sus días entre la crianza de sus tres hijos y un innovador proyecto comunitario en la costa del Pacífico guatemalteco. «Lo más difícil ha sido darlo a conocer», admite.
Cuando se involucró con la Asociación de Emprendedores Las Mañanitas, su misión parecía sencilla: vender la miel que producen los apicultores Aníbal Quesada y Santiago Ávila. Pronto descubrió, sin embargo, que la miel de mangle es una desconocida incluso para los habitantes de la costa, y que convencer a sus clientes de probarla sería un reto mayor que cualquier estrategia de redes sociales. Aun más allá de eso, el verdadero reto era crear un mercado que no existía hasta entonces.
En su pórtico y en casa de sus abuelos, ha instalado mesas donde exhibe sus frascos. «Nos visita gente de la comunidad, pero también turistas que llevan el producto a la capital o al extranjero», cuenta. Pero es cuando llega el día de visitar el apiario que Mirella realmente se transforma. Junto a Quesada y Ávila, aborda una pequeña lancha hacia el lugar de cosecha.
El recorrido es un viaje hacia un mundo sereno que alberga escenas tan fascinantes como imperceptibles. «Cada vez que toca trabajar, dejo todo de lado. Es mi manera de desestresarme», confiesa. La lancha se abre paso entre las raíces serpenteantes del mangle rojo, negro y blanco que forman parte de este refugio natural donde peces y crustáceos desovan. Bajo las copas imponentes, la luz se filtra suavemente y el canto de las aves envuelve este paisaje, en apariencia, etéreo.

Después de navegar dos kilómetros y caminar uno más, finalmente llegan al apiario. Las 40 colmenas que allí se mantienen constituyen el único sitio de producción de la asociación. En el sitio producen, además de la miel de manglar, la miel multifloral, la más conocida y consumida. Para diferenciar un tipo del otro, los científicos utilizan la melisopalinología, un análisis microscópico de los granos de polen que contienen. Estudios realizados en México, Indonesia y la Guyana Francesa han encontrado que la proporción de polen de manglar varía según el sitio y la vegetación que rodea los apiarios.
Investigadores del Colegio de la Frontera Sur (ECOSUR), en México, han utilizado un umbral mínimo del 8% de polen de manglar para definir este tipo de miel. Es más clara y líquida y posee un perfil de sabor único, donde convergen lo dulce con lo salado y un sutil amargor.
“Todavía existe la creencia de que, por su sabor, es una miel que no sirve”, lamenta Gutiérrez.
Los integrantes de Las Mañanitas, pescadores en su mayoría, se iniciaron en la apicultura gracias a un proyecto impulsado por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN). Recibieron el equipo necesario —colmenas, lancha y herramientas— para aprender a transformar el trabajo de las abejas en sustento para ellos. “La idea es brindar a las comunidades nuevas capacidades para generar ingresos a partir de la conservación de los ecosistemas”, dice Raquel Siguenza, representante de País en UICN Guatemala. Además de la apicultura, la gente de Las Mañanitas también se dedica a la restauración del bosque salado.
UICN llegó a Las Mañanitas en 2015 con el fin de utilizar el biocomercio como una herramienta para convertir la conservación de los manglares en una alternativa económicamente viable para estas comunidades costeras. Un estudio publicado en 2020 por la Universidad de Wageningen, en Países Bajos, respaldó la apuesta. Sus hallazgos señalan que actividades no maderables, como la producción de miel, pueden generar incentivos económicos para conservar estos ecosistemas y complementar los ingresos familiares.
Y es que la degradación del manglar significa menos refugio y alimento para peces, cangrejos y moluscos de los que dependen las comunidades. Al incorporar la restauración como parte del proyecto liderado por UICN, la gente de las mañanitas comenzó a notar el cambio positivo en el ecosistema. “El espejo de agua es más amplio”, expresa Quesada.
Sin embargo, el respaldo técnico y financiero que recibieron llegó a su fin en 2024. Ellos, sin embargo, ya estaban determinados a continuar con este esfuerzo. Además de nuevas capacidades, estos conocimientos les representaron un desafío: a medida que ganaban experiencia y aumentaban su producción, la falta de un terreno para hacerlo se convirtió en una necesidad urgente.
Raíces sin suelo
Como las abejas, que se mueven de flor en flor para recolectar néctar y producir miel, la asociación Las Mañanitas ha tenido que mudar de lugar en lugar desde el inicio del proyecto para producir miel. Primero, durante su etapa de formación como apicultores, rentaron un terreno cercano a la playa, donde establecieron las primeras colmenas. Pero su estancia en ese lugar, según recuerda Ávila, tenía fecha de caducidad, por lo que debían decidir dónde ubicarse de nuevo.
La comunidad de Las Mañanitas, una aldea costera de unos 300 habitantes, se encuentra dentro de un área protegida de unas 7.300 hectáreas, conocida como Área de Usos Múltiples Hawaii (AUMH). Sus administradores, conscientes de la situación de la asociación, ofrecieron un espacio para que pudieran trasladar sus actividades. Durante un tiempo, no solo pudieron mejorar sus habilidades de producción, sino que también lograron expandirse: de las 8 colmenas iniciales, el grupo ya contaba con 80. La solución, sin embargo, también era temporal.
Como sucedió con el primer terreno, nuevamente se vieron obligados a moverse. “Al principio todo estuvo bien, aunque éramos conscientes de que con el tiempo tendríamos que mudarnos. El problema es que ya nos habíamos expandido y no sabíamos qué hacer”, cuenta Ávila. Esta incomoda realidad les llevó a descubrir algo que desconocían, a pesar de haber vivido toda su vida en la aldea: la forma en cómo funciona el régimen de tierras en la costa guatemalteca.
En buena parte de la costa del Pacífico guatemalteco, los terrenos pertenecen a las Áreas de Reserva Territorial del Estado, una franja que se extiende tres kilómetros tierra adentro desde el océano. No pueden comprarse; únicamente pueden utilizarse mediante contratos de arrendamiento administrados por la Oficina de Control de Áreas de Reserva del Estado (OCRET).
Quesada y Ávila, así como el resto de personas involucradas en la iniciativa apícola aprendieron que para solicitar este arrendamiento, necesitaban organizarse formalmente y así elevar sus oportunidades. Fue así como nació la Asociación de Emprendedores Las Mañanitas.

Al mismo tiempo que aprendían el procedimiento legal, también descubrieron que no son los únicos que esperan una resolución. En la zona existen otras asociaciones y cooperativas —muchas integradas por pescadores— que también buscan obtener contratos de arrendamiento para desarrollar proyectos comunitarios de conservación, como acceder a PROBOSQUE, un programa de incentivos forestales administrado por el Instituto Nacional de Bosques (INAB). A través de este mecanismo, el Estado de Guatemala otorga incentivos económicos para la conservación, restauración y manejo sostenible del bosque.
Desde hace cuatro años, cuenta Ávila, la asociación solicitó a OCRET el arrendamiento de un terreno estatal de unas 30 hectáreas, en donde se ubica el apiario. Sin embargo, reconoce que este funciona sin un documento que respalde legalmente su permanencia. A la fecha, la oficina gubernamental no ha emitido ninguna resolución ni les ha informado del estado del procedimiento.
La producción de miel, la restauración del manglar, los planes para desarrollar la educación ambiental, los nuevos productos derivados de la apicultura y las actividades de ecoturismo dependen de esa resolución. “Si no conseguimos ese contrato, nuestro apiario desaparecerá”, se lamentan.
Lo que queda por construir
Debido a que la pesca ya no sustenta como hace una década, el turismo se ha convertido en uno de los motores del desarrollo de las comunidades costeras de Guatemala. Mientras esperan la resolución sobre el terreno, la Asociación de Las Mañanitas también imagina un futuro que vaya más allá de la miel. “La intención es hacer senderos en el apiario y cabañitas ecológicas para que las personas puedan descansar dentro del manglar”, explica Ávila.
Además, la miel de manglar se ha convertido en un excelente remedio casero para la comunidad. Cuando aumenta la temporada de mosquitos y de enfermedades respiratorias, el pórtico de la casa de Gutiérrez se convierte en algo más que un punto de venta de miel. Vecinos llegan en busca de un remedio casero para aliviar las molestias de la garganta o favorecer la cicatrización de las heridas. “Ahora la gente, cuando se enferma de gripe y tantas cosas virales que hay, viene y me dice: el sabor no mucho me gusta, pero para medicina es la mejor”, cuenta.

Para Quesada, sin embargo, el proyecto cobraría más sentido si dejara de ser el esfuerzo de unas pocas personas. “Queremos que se enamoren del proyecto”, dice. Lograr que más personas se involucren es la meta, porque saben que la salud del manglar no es solo un asunto de ellos, sino también de quienes habitan el litoral. “Todos necesitamos sentir una responsabilidad por cuidar el océano y todos podemos beneficiarnos de él”, afirma Rebecca Hubbard, directora de la High Seas Alliance. En Las Mañanitas, las colmenas también cuentan esa historia: la de un manglar que, además de proteger la costa, puede abrir nuevas oportunidades para la comunidad.
En su teléfono, junto a los mensajes del grupo de padres de familia, Gutiérrez guarda tutoriales sobre marketing digital y creación de contenido. Quiere que más personas conozcan la miel de manglar, y a través de ella, el bosque que la hace posible. Su página de Facebook alterna fotografías de colmenas con mensajes sobre la importancia de proteger a las abejas y restaurar el ecosistema. “Buscamos dar a conocer nuestro producto y el trabajo que hacemos”, dice. Hace una pausa antes de resumir la esencia del proyecto: “No estamos en un apiario común, sino dentro del manglar. Ese ya es un atractivo en sí mismo”.
Esta historia fue producida gracias al apoyo de InquireFirst y de Earth Journalism Network.









