Corales en El Salvador: amenazados antes de ser descubiertos
Los bosques de coral negro de Los Cóbanos se encuentran entre los 30 y 50 metros de profundidad. Su primera descripción científica se publicó en 2023. Foto: Johana Segovia.

Corales en El Salvador: amenazados antes de ser descubiertos

Cuando se habla de arrecifes de coral, la imagen más extendida suele ser la de aguas transparentes y grandes estructuras similares a las del Caribe. Pero en El Salvador existen ecosistemas coralinos distintos: se desarrollan sobre formaciones volcánicas, en aguas más variables, turbias y productivas.

En las zonas someras de Los Cóbanos, en el departamento de Sonsonate, sobreviven colonias del coral pétreo Porites lobata sobre una matriz calcárea formada por antiguos corales del género Pocillopora. A mayor profundidad, aparecen jardines de gorgonias y, entre los 30 y 50 metros, bosques de coral negro cuya primera descripción científica se publicó apenas en 2023.

Para entonces, los investigadores ya habían encontrado colonias quebradas por anclas, atrapadas en artes de pesca o cubiertas por otros organismos. La paradoja resume el problema: algunas amenazas comenzaron a actuar antes de que El Salvador contara siquiera con un inventario de esos ecosistemas.

La ecóloga marina Johanna Segovia explica qué hace diferentes a los ecosistemas coralinos del Pacífico salvadoreño, qué revela la memoria de los pescadores sobre su transformación y por qué una declaratoria de protección no basta para conservarlos.

Viatori conversó con Segovia sobre la vida sumergida de Los Cóbanos, las pérdidas que pueden esconderse detrás de la ausencia de datos y las decisiones que demostrarían que el país comenzó realmente a proteger sus corales.

La ecóloga marina Johanna Segovia estudia los ecosistemas coralinos de El Salvador, donde la falta de registros históricos dificulta reconstruir cuánto se ha perdido. Foto: Johana Segovia.

¿Por qué estos ecosistemas han permanecido fuera del conocimiento público, incluso en un país cuya vida económica y cultural está estrechamente vinculada al Pacífico?

Una parte de esa invisibilidad es física. Los corales están bajo el agua y, en El Salvador, suelen encontrarse en zonas con oleaje, corrientes y turbidez. Los bosques de coral negro, además, se encuentran a profundidades que requieren buceo especializado. No son ecosistemas que la mayoría de las personas pueda observar desde la costa.

La otra parte es científica e institucional. El Pacífico Oriental Tropical abarca unos 4,8 millones de kilómetros cuadrados de océano, pero contiene apenas 593 kilómetros cuadrados de arrecifes, equivalentes al 0,2 % de la extensión arrecifal mundial. Es la región más pequeña considerada por la Red Mundial de Vigilancia de los Arrecifes de Coral (GCRMN) y una de las más difíciles de estudiar.

También hemos construido una narrativa del litoral centrada en las playas, el surf, la pesca, las tortugas y los manglares. Todos son componentes importantes, pero esa mirada dejó fuera gran parte de la vida sumergida.

La participación de la Universidad de El Salvador como única institución salvadoreña en el capítulo regional del informe del GCRMN es un avance, aunque también evidencia cuánto falta para contar con una serie nacional continua.

Las estructuras muertas de Pocillopora indican la presencia de comunidades coralinas que existieron antes. ¿Qué historia ecológica conserva ese paisaje?

Esas estructuras son un archivo ecológico. Nos indican que las colonias ramificadas de Pocillopora tuvieron una presencia considerable en la zona somera de Los Cóbanos. Sus ramas formaban una arquitectura tridimensional con refugios, cavidades y superficies que utilizaban peces, crustáceos y otros invertebrados. Cuando el coral murió, su esqueleto quedó como testimonio de una comunidad anterior.

A comienzos de la década de 1980 se habían registrado alrededor de cinco especies de corales hermatípicos vivos. En los muestreos de 2018 solo se encontró Porites lobata. Los monitoreos con transectos permanentes también registraron una disminución aproximada de la cobertura coralina del 6 al 2 % entre 2014 y 2016. En 2018, los esqueletos de Pocillopora todavía representaban alrededor del 7,5 % del fondo evaluado.

Los pescadores de mayor edad recuerdan que, hace dos o tres décadas, las colonias de Pocillopora eran más abundantes y que algunos sectores solo podían atravesarse en bote durante la marea alta. Ese conocimiento conserva parte de una historia ecológica que no quedó registrada en monitoreos científicos.

No podemos atribuir toda la transformación a una única causa. Se han señalado los eventos de El Niño, los derrames de hidrocarburos de 1993, la sedimentación, los nutrientes y diversas presiones humanas. Sin una serie histórica continua, la reconstrucción permanece incompleta. Sin embargo, los esqueletos, los registros biológicos y la memoria de los pescadores coinciden en algo: el paisaje que hoy consideramos normal probablemente ya corresponde a un ecosistema transformado y degradado.

¿Podrían desaparecer especies o funciones ecológicas antes de que el país llegue siquiera a documentarlas?

Sí. El primer estudio publicado sobre los bosques de coral negro de El Salvador apareció en 2023. En seis sitios de Los Cóbanos identificamos dos especies constructoras del bosque, 21 especies asociadas y varios registros nuevos para el país. Esas especies no aparecieron en 2023: ya estaban allí antes de que la ciencia nacional documentara su presencia.

En esos mismos sitios encontramos colonias quebradas por anclas, atrapadas en artes de pesca o cubiertas por otros organismos. Las amenazas ya estaban en marcha mientras todavía elaborábamos el inventario inicial.

También pueden desaparecer funciones ecológicas antes que las especies completas. Una especie puede seguir presente, pero con una abundancia tan baja que deje de construir hábitat, sostener la misma fauna asociada o contribuir de manera significativa a la reproducción de su población. La pérdida funcional comienza mucho antes de que se declare una extinción.

La cobertura de coral duro, por sí sola, tampoco refleja el estado completo del ecosistema. Aunque parezca estable, pueden estar ocurriendo cambios en la composición de especies, la biomasa de peces, la biodiversidad y las funciones ecológicas.

Durante el estudio de los bosques de coral negro, el equipo encontró colonias dañadas por anclas y atrapadas en artes de pesca. Las amenazas ya estaban presentes mientras se elaboraba el primer inventario. Foto: Johana Segovia.

¿Qué consecuencias tiene que una comunidad coralina no aparezca en los mapas, inventarios o estudios de impacto?

La primera consecuencia es que su pérdida puede ocurrir sin ser registrada. Sin una línea base resulta difícil determinar cuánto cambió el ecosistema, qué especies desaparecieron, cuál fue la causa y si una medida de conservación funcionó. La ausencia de datos no demuestra estabilidad. En ocasiones solo significa que no estuvimos allí para medir el cambio.

En las comunidades costeras no hablaría simplemente de desconocimiento. Los pescadores conocen el fondo marino, las zonas donde se concentran los peces, los lugares donde se enredan las redes y los cambios ocurridos a lo largo del tiempo.

Entre las autoridades existe un reconocimiento formal. Los Cóbanos es un área protegida y un sitio Ramsar. Sin embargo, una declaratoria no garantiza por sí sola el monitoreo continuo, la vigilancia, el personal técnico, el presupuesto ni indicadores específicos para cada ecosistema.

En los sectores que toman decisiones sobre infraestructura y desarrollo costero, el problema suele ser más bien funcional. Si una comunidad coralina no aparece en los mapas, inventarios o estudios de impacto, puede ser tratada simplemente como fondo rocoso. Sus efectos sobre la pesca, la biodiversidad y la conectividad ecológica quedan fuera del análisis.

Los impactos de una obra tampoco se limitan al área directamente intervenida. La sedimentación, los nutrientes, las aguas residuales, los dragados, las anclas y los cambios en las corrientes pueden afectar sitios distantes.

Hacer visibles estos ecosistemas puede favorecer su conservación, pero también atraer turismo y generar nuevas presiones. ¿Cómo se construye conciencia sin convertirlos en otro espacio de explotación?

La divulgación debe ir acompañada de una regulación. No basta con mostrar fotografías ni promover visitas. Antes de aumentar la afluencia, deben establecerse capacidad de carga, zonificación, sitios autorizados de buceo, boyas de amarre que eviten el uso de anclas, códigos de conducta, vigilancia y mecanismos para que una parte de los ingresos financie el monitoreo y beneficie a las comunidades locales.

Tampoco toda la información debe divulgarse con el mismo nivel de detalle. Podemos explicar el valor de un bosque de coral negro sin publicar las coordenadas exactas de las colonias vulnerables. La comunicación responsable distingue entre educar al público y facilitar un acceso sin control.

El turismo puede convertirse en un aliado cuando se apoya en guías capacitados, normas claras y en el seguimiento de sus impactos. El problema surge cuando primero se promociona el lugar y luego se intenta ordenarlo. La conservación debe preceder a la promoción turística.

¿Cuál sería el primer indicio de que El Salvador comenzó realmente a reconocer y proteger sus ecosistemas coralinos?

El primer indicio no sería una campaña de divulgación ni una nueva declaratoria. Sería la existencia de un programa nacional de monitoreo con presupuesto permanente, personal capacitado, métodos comparables, indicadores ecológicos y socioeconómicos y datos accesibles que permitan determinar si estos ecosistemas mejoran o se deterioran.

En términos concretos, reconocerlos significaría incluir las comunidades de coral pétreo, los jardines de octocorales y los bosques de coral negro en los mapas oficiales, el ordenamiento costero y las evaluaciones de impacto ambiental. También implicaría establecer regulaciones específicas sobre el anclaje, la pesca, las aguas residuales, la sedimentación y el desarrollo litoral.

Sabríamos que El Salvador comenzó realmente a proteger estos ecosistemas cuando su presencia fuera capaz de modificar una decisión: cambiar el diseño de una obra, limitar una actividad, evitar un anclaje, financiar un monitoreo o impedir un daño previsible.

Otro indicador sería que una próxima evaluación regional pudiera presentar un informe propio de El Salvador y una serie de datos registrados por científicos locales.

Reconocerlos significa que dejen de depender exclusivamente de quienes los investigan y comiencen a formar parte de las responsabilidades permanentes del Estado y de la sociedad.

Esta entrevista fue editada por extensión y claridad.