Entre la brisa constante del Pacífico y la calma serena de sus manglares, El Paredón resguarda una identidad que va más allá de sus olas perfectas. A pocas horas de Antigua Guatemala, este rincón de arena negra volcánica se despliega como un santuario de la biodiversidad que depende de los ecosistemas de la Costa Sur. En el lugar donde la selva tropical se une al océano, la convivencia entre la vida silvestre y el turismo ha alcanzado un punto de inflexión decisivo para la conservación de la selva.
La transformación del poblado no solo responde al auge de los viajeros en busca de autenticidad, sino también a la articulación de un tejido social diverso. Un gran número de habitantes locales y extranjeros que residen en el área desde hace tiempo comparte una visión común: defender la singularidad ecológica del destino frente a un crecimiento comercial desmedido que amenaza con convertirlo en una ruta de turismo festivo. Ante el surgimiento de infraestructuras hoteleras y locales nocturnos, vecinos y residentes apuestan por un modelo consciente que mantenga intacta la identidad costera y mitigue los riesgos de la gentrificación.
Esta alianza comunitaria demostró su verdadero alcance tras el voraz incendio de marzo de 2025, que en cuestión de horas destruyó comercios, alojamientos y viviendas de madera y de palma en el corazón del poblado. Sin un equipo local de bomberos, la respuesta inmediata de los propios vecinos fue decisiva para sofocar las llamas y organizar brigadas de auxilio. Esa solidaridad no solo aceleró la reconstrucción de las áreas afectadas, sino que también catalizó un compromiso más profundo con el turismo responsable y la protección ambiental, demostrando que la mayor riqueza de El Paredón radica en su fuerza colectiva.

Reconstruir desde las raíces
Una mañana de junio en El Paredón, Juan Carlos Batres se sacude la arena de los pies tras concluir la primera lección de surf del día con un grupo de visitantes. Para el fundador de la Escuela de Surf —un proyecto local nacido del amor por las olas de este rincón del Pacífico guatemalteco—, la jornada apenas comienza. A eso de las 9:00 a.m., Batres cambia la tabla por la lancha para adentrar a un grupo de turistas entre los sinuosos canales de los famosos manglares de la zona. Mientras navega bajo la sombra del follaje tropical, señala especies de aves y explica con precisión de experto la dinámica de la flora y fauna local, evidenciando un conocimiento profundo del ecosistema que ha habitado toda su vida.
Para Batres, nacido y criado en El Paredón, el turismo no es solo un medio de subsistencia, sino también una herramienta de conservación y educación ambiental. Su liderazgo en la comunidad se puso a prueba de la forma más dura en marzo pasado, cuando los devastadores incendios en la región consumieron todo lo que poseía. Sin embargo, su resiliencia y el arraigo a su tierra natal lo mantuvieron en pie.
“Perderlo todo en el fuego fue un golpe fuerte para mí y para la comunidad, pero El Paredón es mi hogar; es el lugar donde crecí”, reflexiona mientras ajusta el rumbo de la lancha entre las raíces expuestas del mangle. “Nuestra resiliencia viene de ese amor por lo nuestro. Seguir enseñando a surfear y mostrarle a la gente la belleza de nuestros manglares es mi forma de proteger este lugar y demostrar que sí podemos salir adelante”.
Esa convicción de proteger el entorno trasciende el ámbito individual y se extiende al colectivo. Preocupado por la rapidez con la que el destino ha cambiado en los últimos años, Batres participa activamente en las reuniones de la comunidad donde los pobladores locales unen fuerzas para debatir, organizarse y establecer límites. El objetivo es claro: frenar los embates de la transformación urbana, evitar que el auge comercial desmedido desfigure la esencia de la aldea y preservar intacta la belleza natural que definió a El Paredón años atrás.
Para él y sus vecinos, conservar la memoria e identidad del pueblo no es una opción, sino una lucha diaria para asegurar que el progreso no devore sus raíces.

Crear espacio para un turismo con propósito
Esa misma convicción de preservar la identidad local de El Paredón la comparte Ben Davies Crisp, uno de los exdirectores de la organización sin fines de lucro La Choza Chula y conocido desde hace años por Juan Carlos Batres. La Choza Chula trabajó en estrecha colaboración con la población en proyectos de educación ambiental, en la creación de una cooperativa de mujeres y en la construcción de la biblioteca y de la escuela secundaria de la aldea. Hoy, como cofundador y director de Studio Luce —una residencia artística y literaria ubicada en Villa Rosa—, busca canalizar esa misma vocación comunitaria hacia un modelo de hospitalidad consciente, destinando, además, una parte de los ingresos a financiar directamente el salario del bibliotecario local.
A través de un programa que otorga becas integrales a artistas guatemaltecos e invita a artistas internacionales, incluidos creadores, escritores y músicos que buscan adentrarse en el ritmo pausado del Pacífico, la residencia abre sus puertas para que mentes creativas habiten la tranquilidad del poblado sin alterar su cotidianidad. «Queríamos fomentar un turismo positivo en El Paredón», explica Crisp. «El objetivo es invitar a artistas para que experimenten el lugar, disfruten del pueblo y luego compartan lo que aquí sucede, atrayendo a personas que no vienen por la fiesta, sino a crear un espacio especial».
Para Crisp, esa forma respetuosa de convivir con el entorno nace de un profundo afecto por la esencia original de la playa y por la calidez de sus habitantes, a quienes describe como una comunidad dispuesta a detenerse en la calle para saludar e intercambiar palabras. Esa cohesión social, según relata, se volvió evidente tras el incendio del año pasado, cuando vecinos, residentes extranjeros y visitantes trabajaron conjuntamente entre las cenizas para remover los escombros y reconstruir el poblado.
“En El Paredón hay un grupo muy dedicado de personas que estamos trabajando para guiar el cambio, ya que amamos este lugar por lo que es”, reflexiona Crisp sobre el equilibrio de la aldea frente al crecimiento turístico. “Definitivamente hay dinámicas complejas, pero hay muchísima gente trabajando duro para mantener intacto aquello que lo convierte en un destino único”.
Educando para conservar la esencia
Esa visión de trabajo comunitario también la comparte Gabriela López, local de 30 años de vivir en el sector y quien coincidió con Crisp en La Choza Chula. Para ella, el desarrollo sostenible de la aldea pasa indispensablemente por la formación de los sectores clave del poblado: “Me enfoqué en niños y en mujeres”. Gabriela sostiene que educar a las poblaciones menores —niños y adolescentes—, así como a las mujeres, es esencial para transmitir el valor del entorno y garantizar que sean las futuras generaciones quienes continúen protegiendo el área.
Para López, capacitar y concientizar a la población local y a los visitantes es el único camino para mantener viva la identidad de la zona en medio del auge turístico. A su criterio, la educación permite que todos comprendan por qué es fundamental conservar los recursos naturales y la tranquilidad del entorno, asegurando que el crecimiento no destruya la esencia que hace único a este rincón del Pacífico.
Con una población integrada por unos 1.500 habitantes locales y alrededor de 2.000 al sumar a los residentes extranjeros, López subraya el valor de la cohesión comunitaria. “La comunidad es muy abierta y también es unida, y realmente entrar a ser parte de ella, es necesario porque es la comunidad la que está luchando por mantener esta aldea saludable”.

Organizarse para proteger el ecosistema
Ese trabajo de concientización se entrelaza de manera natural con las iniciativas de conservación de la zona. Bianca Bosarreyes, bióloga involucrada en diversos proyectos ambientales en el sector, se relaciona con Gabriela López porque han coincidido en esfuerzos para proteger el ecosistema, en especial el manglar y el cangrejo rojo. Para Bosarreyes, la clave está en brindar herramientas a la población para que sea el propio poblado quien lidere el resguardo de los recursos que sostienen la vida en el lugar.
Desde la perspectiva de la especialista, mantener viva la esencia del área requiere espacios de diálogo constante. Bosarreyes destaca la importancia de respaldar a los habitantes en asambleas locales sobre la gestión ambiental y el resguardo del entorno: “Es un núcleo social caracterizado por su gran complicidad y cercanía, a diferencia de otros lados en Guatemala”, explica. En su opinión, es necesario un mayor control por parte de la propia población, acompañado del apoyo constante de instituciones, para tomar decisiones colectivas que permitan preservar el lugar a largo plazo.
A diferencia de otros destinos costeros del país, la bióloga enfatiza que el sector cuenta con una cohesión única que le permite sostener el cuidado de su entorno. Con el acompañamiento de aliados que faciliten la educación y el manejo sostenible, sus residentes conservan la fuerza para proteger su estilo de vida: “Tienen una fortaleza más grande que la que he visto en otros lados. Creo que ese ha sido un elemento clave para mantener cierto control de la situación”, concluye.
Un compromiso con el futuro
La verdadera fortaleza de El Paredón radica en la convivencia entre su comunidad originaria y quienes han echado raíces en la costa. A diferencia de otros destinos donde la población extranjera vive al margen de los locales, aquí la vida cotidiana ocurre en un mismo espacio. Esa cercanía se consolidó como un frente común tras el incendio que afectó al poblado, tal como recuerdan Tara Griffith y James Park, cofundadores del restaurante El Delhi. “Fue un factor de unión muy grande. Todos venimos de lugares diferentes, pero vivimos aquí y ahora; llamamos a esto nuestro hogar. Los locales vieron que no estamos solo de paso”. Reflexiona Park sobre la respuesta colectiva ante la emergencia.
Esta integración ha generado un consenso claro sobre el rumbo del destino: defender un modelo de desarrollo más consciente y alejado de dinámicas desmedidas. Para Griffith y Park, promover un entorno que respete el ritmo local es la única vía para garantizar la permanencia del ecosistema y de su gente. “Si no impulsamos un turismo más saludable y equilibrado, esto no va a ser sostenible a largo plazo”, señala Park, sintetizando una visión compartida por vecinos y emprendedores que hoy luchan por preservar la verdadera esencia de El Paredón.
