El Niño continúa fortaleciéndose en el Pacífico ecuatorial. En algunos puntos cercanos a las costas de Ecuador, la temperatura superficial del mar se encuentra entre 4 y 5 grados Celsius por encima de lo habitual, según explicó el meteorólogo puertorriqueño Rubén García.
La señal más extraordinaria, sin embargo, se encuentra bajo el océano. García mostró masas de agua con anomalías de entre 7 y 8 °C por debajo de la superficie. La Organización Meteorológica Mundial (OMM) confirmó que durante julio y comienzos de agosto se detectaron sectores subsuperficiales con temperaturas superiores en 8 °C al promedio. La Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA) registró incluso anomalías localizadas de hasta 10 °C por encima de lo normal en esa capa profunda del océano.
Para observar directamente cómo ese calor se distribuye y se transfiere del océano a la atmósfera, la NOAA envió cuatro vehículos autónomos Saildrone Explorer desde Hawái hacia la región Niño 3.4. Durante una misión de cuatro meses, los equipos medirán la temperatura desde la superficie hasta dos metros de profundidad, además de los vientos, las corrientes, la salinidad y los intercambios de calor y de dióxido de carbono entre el mar y la atmósfera.
Según la NOAA, estas observaciones permitirán precisar dónde se concentra el agua anormalmente cálida y cómo influye en la formación de nubes y en los patrones de viento. El despliegue no determina todavía la intensidad final de El Niño, pero aportará mediciones directas para contrastar los datos de satélites, boyas y modelos climáticos mientras el fenómeno continúa evolucionando.
La NOAA calcula una probabilidad superior al 90 % de que El Niño alcance una intensidad muy fuerte durante el otoño y el invierno boreales de 2026-2027. Para el trimestre de octubre a diciembre, estima una probabilidad del 69 % de que supere la intensidad de los episodios registrados desde 1950. Todavía no puede afirmarse que será el más fuerte de la historia: esa posibilidad dependerá de su evolución y de las mediciones acumuladas en los próximos meses.

Un océano que redistribuye la lluvia
El Niño comienza cuando los vientos alisios se debilitan y dejan de empujar las aguas cálidas hacia el oeste del Pacífico con la misma fuerza. Parte de ese calor se desplaza hacia el centro y el oriente del océano, mientras se reduce el ascenso de aguas frías frente a Sudamérica.
El cambio también reorganiza la atmósfera. Las nubes y las lluvias tropicales tienden a desplazarse hacia las aguas más calientes del Pacífico, lo que altera los vientos y la distribución de la humedad en otras regiones. En Centroamérica y el Caribe, este patrón suele favorecer temperaturas elevadas, períodos secos más prolongados y acumulados de lluvia inferiores a los habituales.
Los pronósticos estacionales mostrados por García señalan una probabilidad entre 60 % y 80 % de que las lluvias queden por debajo de lo normal en buena parte de Centroamérica, el Caribe y el norte de Sudamérica entre septiembre y noviembre. Estos porcentajes representan la probabilidad de que ocurra un escenario deficitario; no significan que necesariamente lloverá entre 60 % y 80 % menos.
Los efectos ya son visibles. En Guatemala, la falta de lluvia había provocado pérdidas agrícolas en 138 municipios y afectado a 236 mil 447 familias hasta finales de agosto, según datos de la Conred. Algunos municipios ya han acumulado hasta 52 días sin precipitaciones, y el maíz figura entre los cultivos más afectados.
El boletín de agosto de 2026 del Instituto Privado de Investigación sobre Cambio Climático (ICC) ofrece una lectura más cercana de estas condiciones. Durante mayo e inicios de julio, las temperaturas estuvieron hasta 0,9 °C por encima del promedio en la bocacosta de Guatemala y hasta 1,2 °C por encima del promedio en la región del Pacífico. El déficit de precipitación alcanzó 50 milímetros —31 % menos de lo habitual— en el Pacífico y 151 milímetros —51 % menos— en la bocacosta.
En El Salvador, Protección Civil declaró alerta roja nacional por sequía meteorológica y agrícola. Las comunidades de Tamanique, La Libertad, han reportado la disminución de ríos y nacimientos de agua, mientras que agricultores de San Vicente han reportado haber perdido cosechas de maíz. En El Salvador, la reducción llegó a 75 milímetros —29 %— en las estaciones de la zona montañosa y a 133 milímetros —77 %— en las del Pacífico.
En Honduras, 103 de los 298 municipios se encontraban en alerta roja a finales de agosto. En Marcovia y otras localidades del sur, los productores han reportado daños en los cultivos de maíz, frijol, caña de azúcar y okra.
El ICC prevé que las lluvias continúen por debajo de lo normal durante el resto del año en la vertiente del Pacífico y advierte que el déficit acumulado en las partes altas de las cuencas podría reducir el caudal de los ríos y afectar la disponibilidad de agua.

¿Por qué hay más huracanes en el Pacífico?
El fortalecimiento de El Niño también ayuda a explicar el marcado contraste entre las temporadas ciclónicas del Pacífico y del Atlántico. Para organizarse y ganar intensidad, un ciclón necesita agua caliente, humedad y vientos que no cambien drásticamente entre las capas bajas y altas de la atmósfera.
En el Pacífico oriental y central, el calentamiento del océano aporta más energía y favorece el desarrollo de tormentas. Al momento del análisis de García había tres huracanes activos simultáneamente, entre ellos Lowell, que alcanzó la categoría 5. Según su recuento, la temporada acumulaba 15 tormentas tropicales, seis huracanes y cuatro huracanes mayores.
En el Atlántico sucede lo contrario. El Niño intensifica los vientos en las capas altas sobre Centroamérica, el Caribe y el Atlántico tropical, lo que incrementa la cizalladura vertical. Cuando esos vientos difieren demasiado en velocidad o dirección, inclinan la estructura de una tormenta y separan sus nubes de su centro de circulación, lo que dificulta que se convierta en un huracán.
García estimó que los vientos que soplan a distintas alturas sobre el Caribe promediaban cerca de 35 nudos, frente a los 20 o 25 habituales en esta época. La explicación coincide con la del Laboratorio Oceanográfico y Meteorológico del Atlántico de la NOAA, que identifica este mecanismo como una de las principales razones por las que El Niño limita la actividad ciclónica en el Atlántico y la favorece en el Pacífico.
Hasta el 5 de septiembre, el Atlántico había producido cinco tormentas tropicales débiles y de corta duración, pero no había huracanes. Esto no elimina el peligro para Centroamérica y el Caribe. La temporada continúa hasta noviembre y todavía pueden formarse ciclones en septiembre y octubre. Una temporada con pocos sistemas tampoco impide que uno de ellos alcance tierra y provoque inundaciones, deslizamientos o daños costeros.
Fuente: análisis de Rubén García para Huracán Info, publicado en YouTube el 5 de septiembre de 2026; actualización sobre El Niño de la Organización Meteorológica Mundial; discusión diagnóstica de El Niño y explicación sobre su influencia en los huracanes de la NOAA; perspectiva climática del Insivumeh, boletín ENOS de agosto de 2026 del ICC; y publicaciones periodísticas de La Hora, La Prensa Gráfica y La Prensa de Honduras.
Aviso de transparencia: Esta nota fue generada con apoyo de herramientas de inteligencia artificial y posteriormente revisada, editada y supervisada por periodistas humanos de Viatori.

