La ratificación de acuerdos regionales: nuevas oportunidades para la conservación de la biodiversidad
El trabajo de investigación para la mejor gestión de la biodiversidad en Guatemala, depende de un trabajo en conjunto entre autoridades de gobierno y la cooperación internacional. Foto: Jorge Rodríguez/Viatori.

La ratificación de acuerdos regionales: nuevas oportunidades para la conservación de la biodiversidad

Mientras Guatemala avanza en la definición de una nueva agenda marino-costera y explora mecanismos para fortalecer la protección de sus ecosistemas costeros, especialistas consideran que una mayor participación en acuerdos regionales podría abrir nuevas oportunidades de cooperación, financiamiento, capacitación técnica y conservación de la biodiversidad.

Uno de esos mecanismos es el Protocolo Relativo a las Áreas y Flora y Fauna Silvestres Especialmente Protegidas (SPAW), considerado el principal instrumento regional para la protección de la biodiversidad marina en el Gran Caribe. El protocolo forma parte del Convenio de Cartagena, el único acuerdo ambiental jurídicamente vinculante enfocado específicamente en la protección y el desarrollo sostenible del mar Caribe.

Aunque Guatemala forma parte de este convenio, aún no ha ratificado el protocolo SPAW. Sin embargo, según Susana Perera Valderrama, de la Secretaría del Convenio de Cartagena del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), existen conversaciones para evaluar esa posibilidad.

Perera señaló que la Secretaría ha mantenido acercamientos con instituciones guatemaltecas para explicar el alcance del protocolo y los beneficios que podría representar para el país en materia de cooperación regional y fortalecimiento de capacidades. “La Secretaría del Convenio acompaña al Gobierno para tratar de que se den las condiciones necesarias y evaluar la viabilidad de una eventual ratificación”, indicó.

La posible adhesión ocurre en un momento en que el país busca ordenar sus prioridades marinas. Según Gerardo Paiz, del Consejo Nacional de Áreas Protegidas (CONAP), recientemente concluyó la elaboración de una agenda marino-costera que busca orientar futuras acciones de conservación y manejo de ecosistemas marinos.

“Encontramos que había mucho desorden en estos temas. Entonces empezamos a revisar las iniciativas, los estudios técnicos y las posibilidades reales de avanzar. El mes pasado terminamos de elaborar la agenda marino-costera”, señaló.

Los pescadores de manjúa, salen muy temprano en la mañana en el Caribe guatemalteco. Foto: Jorge Rodríguez.

Más que un acuerdo de conservación

A primera vista, SPAW podría parecer un acuerdo enfocado únicamente en áreas protegidas y especies amenazadas. Sin embargo, Perera manifestó que los beneficios potenciales para los países contratantes van mucho más allá.

El protocolo, dijo la experta cubana radicada en Jamaica, promueve la cooperación científica, el intercambio de información, la capacitación técnica y el acceso a proyectos regionales enfocados en la conservación y uso sostenible de los recursos marinos.

Para países en desarrollo, esto puede traducirse en oportunidades concretas para instituciones públicas, universidades, organizaciones locales y comunidades costeras. “Las partes contratantes tienen cierta prioridad para participar en los proyectos regionales”, explicó Perera.

La funcionaria añadió que estos mecanismos pueden facilitar el acceso a capacitación especializada, fortalecimiento institucional y cooperación técnica para enfrentar amenazas compartidas como la contaminación marina, la pérdida de biodiversidad y la degradación de ecosistemas costeros.

Guatemala ya cuenta con ejemplos de cómo la cooperación regional e internacional puede generar resultados tangibles.

Uno de ellos ha sido la restauración de manglares en la costa del Pacífico, donde proyectos impulsados con apoyo internacional han involucrado a comunidades locales en la recuperación de ecosistemas degradados que funcionan como barreras naturales frente a tormentas, almacenan carbono y sirven como hábitat para peces y crustáceos.

Estos esfuerzos no solo han permitido recuperar áreas degradadas, sino también fortalecer capacidades locales y generar conocimientos que permanecen en las comunidades una vez finalizados los proyectos.

Otro ejemplo es la gestión de la pesquería de la manjúa en el Caribe guatemalteco, un proceso que formó parte de iniciativas regionales apoyadas por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN). El modelo promovió la participación de pescadores, autoridades y organizaciones locales en la definición de reglas para el aprovechamiento sostenible de este pequeño pez, clave para la economía y la seguridad alimentaria de comunidades costeras como Livingston.

Según Perera, estos antecedentes muestran el potencial que tienen los mecanismos regionales cuando se combinan con liderazgo local y voluntad política.

El río Motagua, que atraviesa 80 municipios de Guatemala y desemboca en el Caribe de Honduras, Foto: Jorge Rodríguez/Viatori.

Del arrecife a las cuencas

Para Paiz, la conservación marina enfrenta un desafío adicional: entender que muchos de los problemas que afectan al océano se originan lejos de la costa.

“Mucha gente cuando habla del mar lo ve de la costa para afuera, pero no está viendo el impacto que está teniendo la tierra sobre la calidad del mar”, afirmó.

El especialista recordó que Guatemala es un país de cuencas que descarga agua hacia el Pacífico, el Caribe, México y El Salvador. Por ello, la calidad de las aguas continentales tiene consecuencias directas sobre manglares, arrecifes, pesquerías y otros ecosistemas marinos.

El caso más visible es el río Motagua, cuya contaminación ha generado impactos que trascienden las fronteras nacionales y afectan también ecosistemas compartidos con Honduras, incluyendo sectores del Sistema Arrecifal Mesoamericano (SAM), la segunda barrera arrecifal más grande del planeta.

“No solo son los desechos sólidos. También están los líquidos que llegan a los ríos y finalmente terminan en el mar”, señaló.

Por ello, temas como el saneamiento de aguas residuales, la restauración de cuencas y la reducción de la contaminación forman parte de las discusiones internacionales sobre conservación marina. En esa línea, Guatemala lanzó recientemente una iniciativa participativa para impulsar la restauración y gestión integral de la cuenca del río Motagua, un esfuerzo que busca articular a instituciones públicas, comunidades, sector privado y organizaciones sociales alrededor de soluciones para uno de los principales desafíos ambientales del país. La propuesta reconoce que mejorar la salud de los ecosistemas marinos también requiere actuar sobre las fuentes de contaminación tierra adentro y fortalecer la gobernanza de las cuencas que desembocan en el Caribe.

Para la restauración del ecosistema de manglar en el Pacífico guatemalteco, se construyeron 600 chinampas a base de bambú y otros materiales orgánicos para asegurar el crecimiento de los nuevos árboles. Foto: Jorge Rodríguez/Viatori.

Un momento de oportunidad

La posible adhesión al protocolo SPAW coincide con un contexto de creciente atención internacional sobre los océanos, la biodiversidad y la resiliencia climática.

De acuerdo a los especialistas consultados, la experiencia acumulada en proyectos de restauración de manglares, manejo pesquero y conservación de arrecifes demuestra que la cooperación regional puede generar beneficios concretos cuando existe participación local y compromiso institucional.

Más que la firma de un nuevo acuerdo, la discusión abre una pregunta más amplia sobre el futuro de la conservación marina en la región: ¿cómo aprovechar las redes de cooperación, el conocimiento técnico y las oportunidades de financiamiento para enfrentar desafíos que no reconocen fronteras?

Esta historia se elaboró ​​en el marco del programa de becas de la Conferencia Nuestro Océano 2026, organizado por la Red de Periodismo Ambiental de Internews.