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Miel de manglar: la apuesta de los pescadores salvadoreños por vivir de la restauración


Tras más de dos décadas restaurando el manglar de Barra de Santiago, comunidades del Pacífico salvadoreño encontraron en la apicultura una alternativa para fortalecer su economía. Hoy, el cambio climático y el fin de la cooperación internacional ponen a prueba la continuidad de un modelo que busca demostrar que conservar también puede generar medios de vida.


Por: Jorge Rodríguez

Mapaches, iguanas y cangrejos, incluso la pesadez de los cocodrilos. Por increíble que parezca, estas no son las huellas más exóticas en el suelo del bosque salado de la costa del Pacífico salvadoreño. No, en realidad ese honor se lo llevan las botas de hule de los pescadores locales, que buscan cangrejos entre el fango. “Usamos estas trampas para atrapar cangrejos azules”, dice Carlos Martínez mientras se agacha para comprobar si alguno cayó.

Desde el inicio del siglo XXI, las comunidades de Barra de Santiago decidieron realizar trabajo comunitario voluntario para restaurar el manglar. Antes de eso, recuerda Martínez, lo normal era la tala del bosque, la expansión de la agricultura y la acumulación de sedimentos y escombros cuenca arriba. “No sabíamos lo que un bosque degradado significa para nuestras vidas”, dice. Sin embargo, el esfuerzo de las personas ayudó a revertir esa situación y, con el tiempo, la tala se redujo considerablemente, las poblaciones de cangrejos comenzaron a recuperarse y las personas empezaron a proteger especies como los loros, los cocodrilos y los lagartos.


La pesca del cangrejo punche (Ucides occidentalis) y el cangrejo azul (Cardisoma crassum) es vital para la subsistencia de las comunidades de Barra de Santiago. Las iniciativas comunitarias respaldadas por instituciones nacionales e internacionales lograron consolidar una cultura de consumo sostenible.
Fotos: Jorge Rodríguez.

Pero la recuperación ecológica no resolvió el otro gran desafío para estas comunidades. “Los productos del manglar no estaban dando los resultados económicos que esperábamos”, dice William Recinos, otro pescador de la zona.

Restaurar el bosque había sido posible. Vivir de él era otra historia.

La búsqueda de nuevas alternativas coincidió con la llegada, en 2017, de varios proyectos impulsados por organizaciones locales e internacionales que promovían actividades sostenibles dentro del bosque salado. Entre las propuestas, había una poco común en los manglares de Centroamérica: la producción de miel. Pero hasta entonces, nadie en la comunidad la consideraba una alternativa productiva. “No teníamos ningún vínculo con las abejas y nadie creía que iba a funcionar”, cuenta Recinos.

Más allá de sus dudas iniciales, los pescadores aceptaron el reto. Siete comunidades, entre ellas El Mango, a la que pertenecen Martínez y Recinos, participaron en un proyecto piloto apícola. Recinos recibió capacitación técnica en la Escuela Nacional de Agricultura y se repartieron 30 colmenas entre las comunidades. Cada grupo recibió cinco colmenas y el equipo necesario para iniciar la producción. Pero la incertidumbre continuaba. “[Después de recibir la certificación] yo volví sin creer en las abejas”, confiesa el hoy apicultor.

La desconfianza no era infundada. Durante décadas, las familias de Barra de Santiago habían vivido de la pesca, la agricultura de subsistencia y la construcción. Las abejas nunca formaron parte de su día a día. Sin embargo, los años de trabajo restaurando el manglar —recogiendo plumillas de mangle rojo, sembrando árboles y recorriendo el bosque salado— les permitieron observar algo que antes había pasado desapercibido.

“Vimos que el manglar era rico en floración”, resalta Recinos.

El piloto se potenció con la llegada del Proyecto Regional de Biodiversidad Costera liderado por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), que aumentó el número de colmenas y benefició a 32 familias de la región. Al principio, el aprendizaje fue técnico: cómo dar mantenimiento a las colmenas, controlar plagas y manipularlas para extraer miel.

Para 2020, ya habían logrado dos cosechas y un total de 132 litros de miel producidos. El Mango llegó a tener más de 80 colmenas, que producían hasta 300 botellas por temporada. Ahora las abejas ya formaban parte de la vida cotidiana de las personas.

Mientras el financiamiento internacional estuvo presente, el modelo logró mantenerse. Cuando empezó a disminuir, se empezaron a ver grietas importantes. “Los insumos para la apicultura son carísimos”, expresa Martínez. Aunque los ingresos contribuían a mejorar la economía familiar, los costos de producción superaban las ganancias que generaban.





El Complejo Barra de Santiago es un humedal de importancia para la biodiversidad de El Salvador. Sus más de 11,500 hectáreas fueron declaradas Área Natural Protegida en 2006.
Foto: Jorge Rodríguez.

Cuando llega la cosecha, el grupo de William Recinos se traslada al apiario para recolectar la miel y los demás productos de la colmena. Luego lo llevan a la casa de algún miembro, donde la cuelan y envasan.
Foto: Jorge Rodríguez

Foto: Jorge Rodríguez


La restauración del manglar

Cerca del mediodía, William, junto a su hermano Armando, Daniel y Blanca, se alista para ir al apiario que tienen en el cantón Guayapa, una zona distinta del manglar donde comenzaron a trabajar años atrás. Cargan cajas, revisan el equipo y se preparan para inspeccionar las colmenas.

Mientras alistan los ahumadores, queda claro que los trajes no alcanzan para todos. “La clave es no tenerles miedo, porque si no, lo pican a uno”, cuenta Armando mientras se estira las mangas de la camisa y se coloca un casco protector.

El grupo El Mango ha tenido que ampliar su trabajo más allá del bosque salado. Las condiciones climáticas recientes y el cierre de algunos apoyos técnicos los obligaron a ajustar su estrategia.

Ya no caminan entre el fango, sino que ahora lo hacen colina arriba. Los frondosos árboles de mangle quedan atrás y dan paso a sauces, almendros y otros árboles frutales. El sol se siente más fuerte que en el bosque salado. Durante la caminata, los hermanos Recinos cuentan cómo las fuertes lluvias que cayeron en la región a inicios de año tuvieron un impacto negativo en su actividad. Pasaron de tener 80 colmenas a solo 43.

Esta pérdida se suma a una larga lista que se ha vuelto más evidente desde finales de la década de 1990. Cuando el huracán Mitch azotó Centroamérica, algunas regiones de El Salvador recibieron el equivalente a cuatro meses de lluvia concentrados en un solo evento climático. Los ríos se desbordaron y los escombros hicieron colapsar la conectividad hídrica hacia el bosque salado.

Entonces, un grupo de 36 mujeres se organizó bajo el nombre de Asociación de Mujeres de Barra de Santiago (AMBAS), con el único fin de restaurar la salud del bosque salado. Al principio, cuenta Rosa Aguilar, una de las fundadoras, la decisión de agruparse les permitió enfocarse en erradicar la tala de mangle y en legitimar al grupo mediante la creación de los actuales Planes Locales de Aprovechamiento Sostenible (PLAS). “Inicialmente se les llamaba PLES. Ahí fue donde comenzó realmente la iniciativa”, dice Recinos.

AMBAS sirvió, por decirlo de alguna manera, como piloto para la implementación de mecanismos de inversión para el desarrollo de Barra de Santiago. En 2006, el grupo se convirtió en co-manejador del manglar de Barra de Santiago y Metalío, años antes incluso de su declaración como sitio Ramsar. “Tenemos un convenio para cinco años como co-manejadoras del área y ahora no pueden venir a tocarlo. Aspiramos a que se convierta en un santuario”, asegura Aguilar.

Estas acciones, financiadas por la Unión Europea, se extendieron a las siete comunidades de Barra de Santiago, incluida El Mango. Fue entonces cuando nacieron los comités locales con los que tuvieron acceso a recursos técnicos y financieros para restaurar el bosque y así recuperar las poblaciones de cangrejo azul y cangrejo punche, dos especies de gran importancia para la subsistencia de la región. Inicialmente AMBAS logró restaurar 8 hectáreas del manglar, y a la fecha elevaron esa cifra a 12.

Eso se consiguió gracias a la participación de todos. Cada comunidad se organizó para realizar distintas tareas según su ubicación geográfica. Unos se dedican al raleo de los canales para evitar obstáculos y asolvamientos. Otros grupos recolectan los desechos sólidos de los ríos.

“Pero lamentablemente, los proyectos sólo duran cinco años”, se lamenta Recinos. Sin apoyo institucional, comprendieron que los comités de desarrollo local no bastaban para proteger el mangle. Volvieron a organizarse y conformaron la asociación comunitaria ProBosque. “Ya estamos bien estructurados”, añade.

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La labor incesante

Cosechar la miel es un trabajo en equipo. Mientras Blanca ahuma el apiario, William, Armando y Daniel revisan los cajones y recogen los panales listos para ser cosechados. “Luego elegimos la casa de alguno de los asociados para colar y envasar la miel. No tenemos una sede fija”, comenta Recinos.

El fin del financiamiento internacional tuvo un impacto inmediato en Barra de Santiago. De los siete comités comunitarios, solamente El Mango continúa activo, aunque con bajas significativas. "Habíamos muchos y ahora hay pocos", se lamenta Armando. El grupo pasó de tener 15 miembros a solo cinco.

Todo esto generó una reacción en cadena: tuvieron que mudar el apiario lejos del manglar, por lo que tuvieron que enfocar su producción en otro tipo de miel más tradicional. Además, la pérdida de la mitad de las colmenas provocó una reducción considerable de las ganancias por botella. De acuerdo con Recinos, invierten $12,50 para producir una botella y la venden por apenas $6.

Las adversidades no son, sin embargo, suficientes para que abandonen la iniciativa. Porque, como recuerda Armando, ellos nunca dejarán de luchar por proteger el manglar. “Lo que necesitamos son políticas públicas que nos apoyen a las comunidades. El gobierno se ha enfocado en la seguridad, pero se ha descuidado en otras áreas”. Y los números lo respaldan. Desde 2021, el Ministerio de Ambiente ha visto recortado su presupuesto durante cuatro años consecutivos.

Pero ellos están decididos a continuar. Por una parte, se han aventurado a innovar con productos asociados a la miel: jabones, bálsamos y la curcumiel, una mezcla de miel y cúrcuma con fines medicinales. También crearon su propia página en Facebook, donde publican sobre las actividades en los apiarios. Esto, además de seguir cuidando la salud del bosque salado.

Luego de revisar las colmenas —“aún faltan unas semanas para poder realizar la cosecha”, expresa el grupo—, se preparan para realizar la otra actividad esencial para que todo esto funcione: dar mantenimiento a la cuenca del río. “Este fin de semana iremos a construir una barda. Nosotros compramos los sacos y el combustible y utilizamos nuestro propio transporte. Vamos a invertir unos $800 en materiales, más la mano de obra”, dice Recinos.

La resistencia se fundamenta en algo más que en la conciencia ambiental. En 2019, solicitaron ante el MARN el co-manejo del manglar de Barra de Santiago y Metalio, y aunque el co-manejo sigue exclusivamente a cargo de AMBAS, la solicitud aún continúa vigente. Además, la asociación Probosque formó parte de otro proyecto, financiado por la Unión Europea, destinado a potenciar sus procesos productivos para garantizar la seguridad alimentaria en Barra de Santiago.

Además, les ha permitido al grupo crear una relación íntima con las abejas y ahora las consideran sus mejores aliadas para generar ingresos y desarrollo para sus familias. “Antes les tenía mucho miedo, pero ahora sé que no son agresivas. Yo ya conozco el trabajo de la reina, de las obreras. La apicultura también es una actividad en la que podemos participar las mujeres”, señala Blanca.

Mientras guardan el equipo, los trajes y los ahumadores, Recinos y el Grupo El Mango miran hacia adelante, con el anhelo de recuperar las colmenas perdidas y poder regresar al manglar para producir esta miel tan peculiar. “Al igual que las abejas, nosotros nos apoyamos en el trabajo del otro para salir adelante. Seguimos en eso”, finaliza.

Las asociaciones

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