Eran alrededor de las diez de la mañana cuando José Alejandro Míguez, gerente de Villa Amanda, comenzó a guiar a los primeros visitantes por los senderos de la plantación. Con un fruto recién cortado entre las manos, describió las características del cacao que cultivan en la finca.
El proyecto agroturístico se encuentra en San Antonio Suchitepéquez, un municipio del departamento de Suchitepéquez, en el sur de Guatemala. Allí, los árboles de cacao crecen bajo la sombra de especies nativas y los recorridos permiten conocer tanto el trabajo agrícola como la transformación de la cosecha en chocolates y bebidas tradicionales.
El valor de transformar el fruto en origen
Míguez atribuye parte del sabor del cacao a la combinación del clima costero y los suelos volcánicos. “La diferencia entre el cacao de esta zona con la parte norte es la acidez que tiene; esa mezcla que hay acá le da esa característica al fruto que lo hace diferente del norte o de otras partes del cacao de Guatemala”, explicó.
San Antonio Suchitepéquez tiene una tradición cacaotera que se remonta a la época prehispánica. El proyecto busca que los visitantes conozcan las particularidades de esta cosecha y el trabajo necesario para procesarla.

La apuesta de Villa Amanda es alejarse de la venta del grano sin procesar y de la dependencia de intermediarios. “Lo que tratamos de promover es que no se venda solo el grano del cacao. Muchos me dicen ‘¿y estás exportando?’. No es la meta exportar, sino transformar lo que tenemos”, relató Míguez. Según el gerente, la elaboración de chocolates y bebidas tradicionales es lo que sostiene la rentabilidad del proyecto.
Esa transformación comienza en el campo, con el cuidado de la calidad del cacao. Durante las visitas, el público conoce el proceso y prueba chocolates con altos porcentajes de cacao. El recorrido permite relacionar el sabor del producto con las labores que exige la plantación.
El cuidado de la plantación
Alrededor de las once de la mañana, Ricardo Casia, encargado de la plantación, comenzó un recorrido con los visitantes entre los árboles de cacao. Mientras avanzaba por los senderos, señaló la vegetación y los pequeños animales del entorno y describió el trabajo manual de cada jornada.
Con machete y tijera de podar en mano, explicó cómo regula la entrada de luz: “Le quitamos rama, sombra, tanto en la plantación de cacao como altura aérea… para que todo se combine… que le entre luz en un 70% y un 30% de sombra”. Según Casia, descuidar esta labor favorece la aparición de problemas como la monilia, una enfermedad causada por un hongo.
El encargado describió el manejo de la finca: “La diferencia de acá es que nosotros trabajamos naturalmente, no le aplicamos ni un químico ni nada de nada a lo que la tierra produce. Calidad de buen sabor, buen producto”.
Para Casia, el cuidado de la plantación también incluye a sus polinizadores, como la pequeña mosquita del cacao, que interviene en la formación de los frutos. Su trabajo en las 35 cuerdas de terreno combina estas tareas de mantenimiento con la explicación de las prácticas agrícolas a quienes visitan la finca.

Un oficio que se comparte
El cultivo, la elaboración de productos y la atención a los visitantes generan trabajo para los pobladores del área. “Empleamos más o menos 22 personas y todos son de aquí, de la comunidad. Entonces, sí estamos impactando primero a los que están acá y a sus familias”, puntualizó Míguez.
Para el gerente, procesar la cosecha en la finca permite que una mayor parte de su valor permanezca en la localidad. Esa apuesta conecta con la labor de Casia, vecino del área, quien encuentra en el cultivo una oportunidad para compartir sus conocimientos con otras generaciones.
“El cacao, aunque no aparente, da mucho trabajo que hacer; es una fuente de trabajo que tiene un ángulo comunitario porque nos permite enseñarle a los vecinos y a los jóvenes un oficio digno del campo, manteniéndonos unidos y viviendo de lo que nuestra propia tierra produce”, dijo Casia.
