El territorio que pierde el tapir en Guatemala

El tapir centroamericano, el mamífero terrestre más grande de Mesoamérica, ya no habita buena parte del territorio donde alguna vez fue común. En Guatemala, su presencia se ha reducido drásticamente durante el último siglo hasta quedar confinada, en gran medida, a las áreas protegidas del norte del país. Un estudio publicado en la revista digital Therya documenta cómo se fragmenta su hábitat y qué tan viable resulta su conservación en el paisaje actual.

La investigación realizada por los biólogos guatemaltecos Manolo García y Raquel Leonardo, del Centro de Estudios Conservacionistas de la Universidad de San Carlos de Guatemala (CECON), estima que el hábitat potencial del tapir en Guatemala abarca unos 26.095 km². La cifra, equivalente a cerca de una cuarta parte del territorio nacional, indica que hay zonas aptas para el tapir; sin embargo, la realidad es que no hay muchos bloques continuos de bosque, sino más bien un mosaico de fragmentos dispersos, cada vez más aislados entre sí.

El problema, advierten los autores, no es solo cuánto territorio queda, sino cómo está distribuido. A través de modelos de conectividad ecológica (el grado de unión entre entornos naturales que permite el libre movimiento de especies), el estudio identifica que los remanentes de bosque cumplen funciones distintas: algunos aún mantienen condiciones adecuadas para sostener poblaciones viables, mientras que otros han quedado reducidos a pequeñas islas rodeadas de actividades humanas.

Las zonas más favorables se concentran en la Reserva de la Biosfera Maya (RBM) y en la Sierra de las Minas, donde persisten grandes extensiones de bosque y cierta conectividad que permite el movimiento de la fauna. Fuera de estos núcleos, el panorama cambia: los fragmentos son más pequeños, más aislados y presentan una mayor degradación.

La fragmentación del hábitat debido al crecimiento humano se presenta como la mayor amenaza para el tapir en Guatemala. Foto: Unsplash.

Esa fragmentación no ocurre al azar. En el sur de Petén, por ejemplo, la expansión agropecuaria ha transformado el paisaje en las últimas décadas. Según datos del Ministerio de Agricultura, Ganadería y Alimentación (MAGA), el hato bovino creció de un millón a más de 1,5 millones de cabezas entre 2014 y 2021. El departamento más grande de Guatemala también produce alrededor del 35% de los granos básicos del país.

Maíz, frijol y pastizales para la ganadería dominan amplias zonas, mientras que en años recientes se han incorporado nuevos cultivos, como tomate, chile y cebolla, impulsados por sistemas más tecnificados. En conjunto, estos cambios reflejan una presión creciente sobre el bosque.

En Las Verapaces, el proceso es distinto pero complementario. Programas gubernamentales y de cooperación han promovido el fortalecimiento de cadenas productivas como las de cacao, café y cardamomo, lo que ha intensificado la presión sobre el suelo en territorios históricamente forestales.

El resultado, en ambos casos, es un paisaje fragmentado. Y en ese tipo de entorno, el tapir enfrenta un desafío estructural: necesita grandes extensiones continuas de bosque para desplazarse, alimentarse y reproducirse. Cuando los fragmentos se aíslan, las poblaciones quedan desconectadas, lo que incrementa su vulnerabilidad.

Aunque los estudios específicos sobre conectividad ecológica en Guatemala siguen siendo limitados, herramientas recientes, como la actualización del Mapa Nacional de Cobertura Vegetal, permiten dimensionar el problema y ubicar los corredores que aún persisten.

Más allá del tapir, el estudio plantea una pregunta de fondo: ¿qué tan conectado sigue siendo el paisaje guatemalteco? La respuesta no solo define el futuro de esta especie, sino también el de muchas otras que dependen de los mismos bosques.


Disclaimer: Esta nota fue elaborada con apoyo de inteligencia artificial, con base en estudios técnicos y científicos, y revisada por un periodista.