En el Sistema Arrecifal Mesoamericano, la bióloga guatemalteca Ana Giró ha sido testigo de cómo el cambio climático, la presión humana y las tensiones políticas conviven bajo el mar sin fronteras visibles. Mientras el ecosistema muestra señales de deterioro acelerado, nuevas investigaciones internacionales también revelan focos inesperados de resiliencia que podrían redefinir las estrategias de conservación en la región.
Mientras realizaba sus prácticas profesionales como estudiante de biología, el trabajo de Ana Giró era sencillo: registrar los desembarques de las embarcaciones pesqueras en el Caribe guatemalteco. Eso, sin embargo, no saciaba su deseo de explorar el océano y de aprender sobre la vida que lo habita. «Empecé a hablar con los pescadores y les preguntaba si podía acompañarlos en sus viajes de pesca», recuerda. Así fue como se inició a recorrer las aguas del Atlántico guatemalteco, no sin antes pagar el peaje obligatorio que el mar reclama: «Me mareaba mucho. Fue muy duro», dice.
Con el tiempo, Giró no solo desarrolló la capacidad necesaria para adaptarse a los viajes en el mar, sino que también comenzó a entender la diferencia entre las personas y la vida silvestre marina: ellas no tienen fronteras. Bajo el agua, las especies se movían libremente entre Guatemala y Belice. En tierra, e incluso en la superficie marina, en cambio, persistían las tensiones derivadas de un diferendo territorial con más de 160 años de historia que ha marcado la relación entre ambos países.

“Belice tiene su frontera, pero Guatemala no la reconoce”, recuerda Giró.
Sin embargo, al igual que los pescadores de ambos países durante décadas, la bióloga guatemalteca aprendió a convivir con esa realidad y continuó estudiando la ecología de la zona a pesar de la situación política que enfrentan ambas naciones centroamericanas. Giró aprendió a bucear y el mundo automáticamente se le hizo más grande. Cada vez que se sumergía, no solo pensaba en lo abstracto de las fronteras humanas, sino que también comprobó que esas divisiones imaginarias eran inconsecuentes para la vida marina.
Casi desde sus primeros viajes a alta mar, Giró se vinculó con la iniciativa Healthy Reefs, un programa científico y de conservación creado en 2003 y enfocado en la protección del Sistema Arrecifal Mesoamericano (SAM). Comenzó a intercambiar información con científicos beliceños con la finalidad de conocer el estado de conservación del ecosistema y construir una visión regional de la salud del arrecife. «Tenemos muchas especies migratorias que dependen de todo el ecosistema. Este es un corredor biológico», reconoce.
El SAM es el segundo sistema arrecifal más grande del planeta y uno de los ecosistemas marinos más diversos del hemisferio occidental. Se extiende por más de 1.000 kilómetros y es compartido por cuatro países: México, Belice, Guatemala y Honduras. Alberga cientos de especies de peces, corales, tortugas marinas, tiburones y mamíferos marinos. También sostiene la economía de miles de familias vinculadas a la pesca artesanal, al turismo y a otras actividades costeras.
Salud en deterioro
Con los años, esa colaboración científica regional permitió construir una de las herramientas más importantes para entender la salud del SAM: los reportes de salud. Estos informes, publicados de manera periódica desde hace dos décadas, integran datos de cientos de sitios de monitoreo en los cuatro países del arrecife y funcionan como una especie de radiografía regional del ecosistema.
El más reciente de estos reportes, publicado en 2024, advierte que la salud general del SAM sigue siendo preocupante: el índice regional de salud arrecifal obtuvo una calificación de 2,8 sobre 5 (“regular”), mientras que solo el 17 % de los sitios monitoreados fueron clasificados en condición buena o muy buena. Además, la cobertura promedio de coral vivo se mantiene por debajo del 20 % en gran parte de la región y más de la mitad de los sitios evaluados presentan condiciones malas o críticas. Aunque algunos indicadores muestran ligeras mejoras —como el aumento de peces herbívoros en ciertas áreas—, la cobertura de coral continúa en descenso y el sistema en su conjunto permanece bajo una presión constante debido al aumento de la temperatura del mar, la contaminación y la sobrepesca.

Más allá de lo que reflejan los reportes, el cambio climático es tangible bajo la superficie de las aguas caribeñas del SAM. Según recuerda Giró, el calor del mar se siente incluso a varios metros de profundidad y los corales muestran señales claras de estrés. “Estábamos a unos 10 metros de profundidad y sentías calor abajo del agua”, explica. “El agua estaba a 31 grados. Y veías los corales completamente blanqueados, como estresados”.
Lo que antes eran gradientes de temperatura bien definidos en la columna de agua —la llamada termoclina, una capa de transición en la que la temperatura desciende abruptamente a medida que aumenta la profundidad— hoy se ve debilitado en algunos periodos de calentamiento extremo. Sus efectos no solo son visibles en el comportamiento de los corales y de las especies asociadas, sino que, según Giró, estas transformaciones no solo se registran en los datos: se sienten en el cuerpo.
«El coral que llevas tantos años monitoreando lo ves muriéndose y eso también te afecta. Creas una relación con el arrecife y llega un momento en que te sentís indefenso, porque quisieras ayudar a recuperarlo, pero no siempre sabes cómo hacerlo. Nosotros no solo hacemos ciencia; también nos importan los recursos», se lamenta.
Esa relación también les ha permitido comprender cómo ciertas especies de corales y peces se comportan con el aumento de las amenazas. Giró y el resto de los científicos que trabajan en el SAM han podido observar que no todos los corales se comportan de la misma manera ante el estrés térmico.
Ellos no fueron los únicos en notarlo.
Corales resilientes ante los efectos del cambio climático
Una nueva investigación internacional presentada durante la Conferencia Our Ocean 2026, en Mombasa, Kenia, demostró que existen extensas áreas arrecifales capaces de resistir, recuperarse y sobrevivir a los efectos del cambio climático.
El estudio, desarrollado por la Wildlife Conservation Society (WCS) y la Universidad Macquarie de Australia, identificó 165.922 kilómetros cuadrados de arrecifes con alto potencial de resiliencia climática distribuidos en 71 países y 100 territorios. La superficie identificada es tres veces mayor que la reconocida en la evaluación global original de la iniciativa 50 Reefs, publicada en 2018.
Entre las regiones destacadas aparecen nuevas áreas del Caribe que anteriormente no habían sido reconocidas como refugios climáticos prioritarios, incluyendo arrecifes de Belice y Panamá, ambos parte de la cuenca del Caribe occidental donde se encuentra el SAM.

«Este es un avance significativo en nuestra comprensión de la resiliencia de los arrecifes de coral. A menudo se considera que los arrecifes de coral son ecosistemas irrecuperables, pero esta investigación demuestra que existe un conjunto global de arrecifes con el potencial de sobrevivir y recuperarse de la crisis climática», dijo la Dr. Emily Darling, directora del departamento de Conservación de Corales de WCS y co-autora del estudio.
Los investigadores identificaron tres mecanismos que permiten la supervivencia de estos ecosistemas. Algunos arrecifes funcionan como «refugios de evitación», ubicados en zonas oceánicas donde las condiciones reducen el estrés térmico. Otros actúan como refugios de resistencia, gracias a corales que han desarrollado tolerancia al calor. Un tercer grupo corresponde a refugios de recuperación, capaces de regenerarse rápidamente tras eventos extremos como huracanes o episodios masivos de blanqueamiento.
En conjunto, dice el comunicado de prensa, este marco de evitación, resistencia y recuperación proporciona la imagen más clara hasta la fecha de por qué algunos arrecifes de coral conservan un mayor potencial para sobrevivir al cambio climático que otros.
La investigación se basó en más de 45,000 evaluaciones de arrecifes y décadas de datos climáticos y oceanográficos, generando un mapa con una resolución sin precedentes para orientar futuras acciones de conservación.
Señales de recuperación, pero una salud aún frágil
En el Caribe, la investigación de 50 Reefs se enfocó en arrecifes de las Bahamas, Cuba y Panamá, no específicamente en el SAM. Sin embargo, reconoce Darling, este hecho no lo excluye. «Cuando incorporamos esa información (las evaluaciones recientes), vimos que el SAM sí emerge en los resultados», señala.
Estos nuevos datos podrían ser clave para fortalecer otros procesos de cambio observados por Giró en su área de influencia: los gobiernos locales y las comunidades. «Hemos visto que las municipalidades se están preocupando más, pero además el Ministerio de Ambiente también está metiéndole», dice. Además, mencionó la presencia de nuevas iniciativas internacionales así como la reciente implementación de un programa nacional orientado a gestionar de mejor manera las cuencas del país, como la del Motagua para tratar de reducir el impacto ambiental provocado por los residuos sólidos.
El esfuerzo regional se evidencia también en Roatán, Honduras, en donde BICA Honduras, una ONG local, implementa proyectos de recuperación de manglares mediante la creación de viveros y la participación de negocios y comercios locales. Su fin es el de fortalecer la conexión entre los bosques costeros y la salud del arrecife.

Todos estos avances, sin embargo, no alcanzan para esconder la persistente brecha entre el conocimiento y la protección. En el mundo, apenas el 28% de los arrecifes identificados como resilientes se encuentra dentro de áreas protegidas o bajo esquemas efectivos de conservación. En Mombasa, en un panel liderado por los gobiernos de Panamá, Kenya y otras naciones africanas, con el apoyo del Global Fund for Coral Reefs, WCS y varias ONG internacionales, y con el apoyo financiero del gobierno de Noruega, se comprometieron a implementar una nueva arquitectura financiera para apoyar a los arrecifes de coral, con nuevos mecanismos de financiamiento que permitan pasar de los compromisos a la acción.
“Con el tiempo entiendes que el arrecife no es solo un objeto de estudio, sino un sistema del que también formamos parte”, dice Giró. “Lo que hemos visto es su fragilidad, pero también su capacidad de resistir en algunos lugares. Y eso te obliga a seguir intentando, aunque a veces no tengas todas las respuestas. Porque al final, lo que está en juego no es solo el coral, sino la relación que tenemos con el mar”.
Esta historia se elaboró en el marco del programa de becas de la Conferencia Nuestro Océano 2026, organizado por la Red de Periodismo Ambiental de Internews.
