En 1995, Salvador Cutzal, un líder comunitario de la etnia Maya Kaqchik’el, inició las gestiones para la creación de la Casa de la Esperanza, un centro educativo de nivel medio que apoya a jóvenes rurales para que continúen sus estudios.
El Instituto Maya Ochoch Hik´eek Casa de la Esperanza «es un centro de Educación Básica, de carácter comunitario y de servicio social, con pertinencia cultural maya». Salvador ha estado involucrado en el proyecto desde sus inicios, cuando logró la donación de unos terrenos de parte de la municipalidad Poptún hasta la fecha.
Además de ser parte esencial de este proyecto educativo, también participa activamente en actividades culturales Mayas, con el objetivo de mantener vivo el conocimiento y la sabiduría de los pueblos ancestrales guatemaltecos.
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El tiempo del Sol y la Luna

Por su vocación educativa, Salvador expresa su interés por incorporar este conocimiento espiritual de los antiguos Mayas a las nuevas generaciones de jóvenes. «No queremos que solo vean los celulares, sino también que aprendan a ver el tiempo que marca la Luna, que marca el Sol«, dice.
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Sin embargo, considera que es una tarea complicada, debido a las enseñanzas que el sistema actual ha impuesto en la sociedad en general. «Hay que borrar estereotipos, eso es clave para empezar a cambiar la percepción que tenemos acerca de algunas cosas», añade.
Respeto y valor

Para Salvador, una de las peores realidades que puede vivir una nación, es la de no saber valorar y respetar el legado histórico de sus antepasados. Durante la celebración del equinoccio en el sitio arqueológico de Uaxactún, la mayoría de jóvenes se subía sobre las estructuras arqueológicas, en busca del mejor ángulo para la selfie de turno. «Eso es lo peor que podemos hacer. Es como un sacrilegio el no saber en dónde vivimos. Lastima el corazón», dice.
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«Para ellos no tiene valor, es una piedra más. Ese es el resultado de la educación que hemos recibido. Es el efecto de una causa que se ha generado desde los cuadernos, desde los libros», añade.
Por ello, considera esencial que todas las personas, de cualquier estrato social y económico, en cualquier parte del mundo, aprenda a valorar lo que los pueblos aborígenes tiene para dar a la vida.
«El origen de la sabiduría de los pueblos es mucho más grande que lo que pueda encontrarse en una computadora, porque este se refiere a la naturaleza, a la vida, a los pájaros«, cuenta. Según el líder comunitario, es el avance tecnológico uno de los factores por los que mucha gente ha perdido ese concepto. «Ahora nos han desviado muchísimo, ese respeto [hacia los pueblos] falta», añade.
El tiempo de la naturaleza

Pero no todo está marcado por la falta de esperanza. Salvador considera que siempre hay tiempo para ver la realidad y apegarse a un camino que busque mayor equilibrio y armonía para todos los seres vivos.
«La primera vez que visité el Lago Petén Itza. Iba en un paseo en lancha, tomando agua de un coco. Cuando la terminé, sin pensarlo, tiré el coco al lago», cuenta.
«En ese momento un turista me dijo: «volvamos y recogemos ese coco». Yo pensé: «qué turista tan lleno de babosadas». Sin embargo, 40 años después me doy cuenta que él tenía razón y ojalá que a partir de ahora pasen solo 20, o 10 años y así podemos ahorrar más tiempo y lograr que más gente vea la necesidad de actuar y tomar conciencia y respetar la naturaleza», añade.

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