Off-the grid, la vida lejos de la vida

Historia por: Jorge Rodríguez Fotografía por: Unsplash Vie 30, Oct 2020
  • Off-the grid o fuera de la red, es ese estilo de vida en el que las personas generan su propia electricidad, reutilizan la mayoría de sus residuos y crean un sistema de tratamiento de aguas personalizado.
  • Algunos se alejan de la ciudad para vivir en zonas rurales. Otros deciden recorrer las carreteras del mundo en carro, en moto o en bici (incluso caminando). La idea es dejar atrás la normalidad de las rutinas diarias.

“¿Será posible mandar todo al carajo y alejarme del caos y el estrés de la ciudad?” Seguramente esa es una pregunta que muchos de nosotros nos hemos hecho en diferentes etapas de nuestra vida adulta, particularmente en esta época de pandemia que nos tocó vivir.

La idea de cambiar esos escenarios de aglomeraciones, contaminación ambiental, escasez de recursos, sobreprecios y ese gran etcétera que conlleva el vivir en las grandes ciudades, por unos más relajados, con pajaritos de fondo, huertos, fuentes de energía sustentable y un bienestar que solo nuestra imaginación nos deja disfrutar, es muy atractiva. Y hay varias formas de alcanzarlo, ya sea a bordo de una camioneta, recorriendo las carreteras del mundo, o bien en un pequeño pueblo, donde todos te conocen y las carreras modernas apenas llegan.

Pero ¿qué tan difícil es lograr todo eso?

En inglés, existe un concepto conocido como off-the grid (traducido literalmente como fuera de la red), que se refiere a un estilo de vida desconectado de la red de servicios que un municipio pueda proveer, entiéndase agua, energía eléctrica y disposición de desechos. En el Internet y la TV, se pueden encontrar casos de personas en países de primer mundo, que se alejan de las ciudades para vivir un estilo de vida simple y autosostenible. Eso o aquellos casos de personas que renuncian a todo para embarcarse en un viaje que los lleve, literalmente, por todo el mundo.

Conseguir algo así es posible, evidentemente, pero dependerá, principalmente, de qué tan arraigadas las comodidades de la vida moderna estén en tu interior. “Difícilmente se puede generalizar sobre las razones y motivos por los que todas las personas migran, porque seguramente son necesidades diferentes para cada una”, dice Francis Garnica, socióloga guatemalteca. Y si bien los motivos difieren de una persona a otra, así como las metas a alcanzar, hay una certeza que cualquiera de ellas tendrá que enfrentar: la incertidumbre por experimentar algo nuevo.

Franco Busso y su novia, Olga, se conocieron en la ruta hace 6 años, y viajan por el mundo desde entonces. Foto: Rutas Salvajes

Lo primero que se encuentra uno al dejar atrás el mundo conocido, son los obstáculos que tu cabeza plantea. “Hay mucho temor a lo que uno desconoce”, cuenta Franco Busso, un argentino quien lleva en la ruta durante los últimos 8 años. Por sobre las dudas existenciales de ¿qué me voy a encontrar? o ¿cómo me van a recibir?, la primera que resalta es ¿de qué voy a vivir? Y para el otrora empleado de una oficina comercial en la ciudad de su Buenos Aires natal, la certeza de ‘no puedo’ que nos imponemos a nosotros mismos, es una de las mayores complicaciones a superar. “Decir ‘no sé’ está mal. Pareciera que uno siempre tiene que saber, y si no sabe, por lo menos inventar que se sabe”, añade Franco.

Sin duda, somos un producto de nuestro entorno, de la comida que comemos, las noticias que consumimos, la gente que frecuentamos, y eso nos dicta la manera en cómo enfrentamos al mundo. “Yo me fui de mi casa creyendo que el mundo era una mierda. Me fui y dije ‘no quiero ver un ser humano’, hasta que después, me di cuenta que el ser humano fue lo mejor que me pasó en el viaje”, recuerda Franco, quien incluso conoció a su pareja a partir de animarse a dejar detrás aquello que lo hacía infeliz y le turbaba la mente. “Conocí gente que me ayudó sin conocerme. (Ahora) yo veo, con todos los problemas que hay, un mundo fantástico, no por lo que leí, sino por lo que viví”, afirma.

Franco se dedicó, en este tiempo, a vender comida, a trabajar en bares, a recolectar frutas en el campo y hacerla de asistente de equipos de filmación en países como Canadá, Estados Unidos, Brasil o Rusia, de donde es Olga, su pareja.

Sin zona de confort

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Dejar atrás todo, por una vida nueva, es un proceso de adaptación constante. Foto: Zsun Fu/Unsplash

El Banco Mundial afirma que el 55% (4,500 millones) de la población del planeta reside en áreas urbanas, y que para 2045, ese porcentaje aumentará en 1.5 veces, hasta llegar a los 6,000 millones de habitantes. Pero no solo es la gente la que se concentra en las urbes, también lo es la riqueza. El 80% del Producto Interno Bruto del planeta se genera en estas zonas, razón que, seguramente, empuja a más personas a dejar atrás la ruralidad.

Esta tendencia trae problemas conocidos, como la escasez y encarecimiento de recursos como el agua, y el hacinamiento social, que, a su vez, trajo otros más nuevos, como la concentración de infectados por el COVID-19. Naciones Unidas informó que el 90% de casos positivos en el mundo, ha sido de residentes de zonas urbanas.

Esa fue la última señal que Delmi Arriaza necesitó para empacar su vida y sus plantas en un camión y volver a la aldea que la vio nacer al este de Guatemala. “Rompí con la ciudad después del inicio de los controles policíacos. Ya no podías salir, casi no te podías vincular con nadie. La gente en la ciudad está muy asustada, porque no sabe vivir sin todas las garantías y comodidades que (la misma) ciudad había dado hasta ahora”, confiesa.

Delmi vivió durante 20 años en la ciudad de Guatemala. Llegó por la universidad y desde el principio, lo principal para ella fue crear comunidad. “Crecí en un lugar en donde se saluda a todos, aunque no los conozcás”, recuerda. Pero esa gente que la acompañó durante su propia urbanidad, se hizo insuficiente con la llegada de la pandemia. El momento había llegado.

Al alejarse de los centros urbanos, el ritmo de vida es diferente, lo cual lleva un proceso de adaptación. Foto: Heather Morse/Unsplash

Con el objetivo de vincularse más con el trabajo de la tierra y sembrar nuevas ideas a partir de sus experiencias, regresó al campo y a la ruralidad, y las dificultades no se hicieron esperar. “Uno viene cambiado, con otros pensamientos de feminismo, de agroecología, y la gente dice ¿qué es esa vaina? ¿cómo se come eso usted? Al final ¿con quién platico de esas cosas? Aún no he encontrado mi espacio”, se lamenta. A pesar de eso, afirma que “uno puede hacer comunidad en donde esté, si tenés el corazón y la apertura suficiente para generar vínculos”.

Esos vínculos y ese impacto, es algo que todos buscamos en todas las cosas que hacemos cotidianamente. “Es como el algoritmo de las redes sociales”, dice Garnica, que nos muestra contenido según qué nuevas personas vamos añadiendo a nuestros espacios virtuales. Y sin darnos cuenta, es algo que va ocurriendo de manera natural. “El que exista o no una persona en un contexto social, cambia las condiciones (del entorno), por mínimas que sus acciones sean”, añade.

Con el correr del tiempo, sin embargo, las preocupaciones van disminuyendo, uno empieza a encontrar su espacio. “Vas descubriendo que podés hacer cosas que no sabías que podías hacer”, cuenta Franco, y aunque “todo cuesta”, porque no hay un supermercado, una abarrotería o ferretería cerca, la capacidad de adaptación de cada uno, nos va enseñando el camino que debemos de tomar.

El protocolo de una vida simple

Vivir desconectado de la vida moderna tiene una ventaja: vivir desconectado de la vida moderna. Foto: Gerrie Van Der Walt/Unsplash

“Se requiere de mucho papeleo para revivir a un muerto”, dice uno de los personajes de la película “El náufrago”, una vez que Tom Hanks, el protagonista de la cinta, regresa a la civilización luego de pasar varado 4 años en una isla desierta. Todo ese protocolo necesario para “revivir” a alguien a quien se daba por muerto, también hay que hacerlo para “avisar” que uno ya no existe en un ecosistema determinado, como por ejemplo la ciudad en donde uno está asentado.

En Estados Unidos hay ya establecida una industria off-the grid, para la que ya existen muchas regulaciones y leyes. El sitio primalsurvivor hizo un resumen de estas en cada estado del país norteamericano. Por ejemplo, Pensilvania y Nueva York, al noreste, son dos de los peores lugares para vivir fuera de la red. En el estado de Nueva York es ilegal tener un sistema solar de energía independiente de la red eléctrica estatal.

Por el contrario, quien desea vivir independiente de la red de servicios como electricidad, agua y saneamiento, lo tiene más a favor en el estado de Washington, en la costa del Pacífico. La cosecha de agua de lluvia es legal y ya existen muchas comunidades que la realizan. Incluso, algunos condados incentivan este sistema alternativo. También existen comunidades conectadas a sus propios sistemas eléctricos independientes de la red.

Aunque hay muchas personas en el mundo que deciden vivir fuera de la red, siempre hay reglas a seguir y, de una manera más personal, todo tiene un período de adaptación. Hay que aprender, no solo cómo las leyes y regulaciones te afectarán, sino también hay que involucrarse en el manejo de situaciones que antes no te preocupaban. “Aprendí a reparar mi camión. Me convertí en mi propio mecánico. (Antes de este viaje), no había tomado una herramienta en mi vida”, dijo Busso.

La pandemia del COVID-19 fue la excusa perfecta para que mucha gente cambiara la ciudad por otro entorno menos abarrotado y caótico. Foto: Jorge Rodríguez/Viatori

Como dice Francis Garnica, las “motivaciones y realidades” por las que la gente decide migrar son muchas, y no se pueden comparar unas con otras. Incluso, es difícil encontrar una manera de explicarlas, porque las decisiones humanas entran al reino de la filosofía y el pensamiento. Lo que sí se puede, es aprender de la experiencia de todas las personas, entre las que nos debemos de incluir a nosotros mismos, ya que vamos generando un conocimiento único e irremplazable, que puede llegar a ser parte importante, no solo de nuestra propia vida, sino de también la de aquellos que nos rodean. “El conocimiento que (las personas) te pueden transmitir, te permite construir, sobre ese conocimiento y experiencia, nuevas cosas”, expresó.

Arriaza también tuvo que agregar algunas habilidades que no sabía que necesitaría antes. “Tuve que reparar paredes, hacer una cocina y un baño porque no había”, dijo. Como Busso, ella está aprendiendo a ser su misma ‘multiusos’, más ahora que decidió recuperar esta antigua casa familiar de “unos 170 años y que lleva aquí cuatro generaciones de mi familia”, donde vive.

Para ellos, una de las lecciones más valiosas ha sido valorar todo lo que damos por sentado, incluso las cosas más pequeñas y triviales. “Tomar una ducha o ir al baño a veces requiere una estrategia, en la que tienes que planificar tu día en torno a eso”, dijo Olga, periodista rusa y socia de Busso, con quien ha viajado por el mundo durante los últimos seis años.

Ya sea viviendo en la ciudad, con todas las comodidades (e incomodidades) que nos permite, o viviendo en una camioneta o una casita en alguna zona rural del mundo, lo importante, según Arriaza y Busso, es tener una idea clara de lo que se desea en la vida, ser participes de una comunidad que nos rodea y dejar atrás cualquier prejuicio o expectativa que el sistema nos ha impuesto durante nuestra vida.

*Esta historia fue escrita durante el confinamiento impuesto en Guatemala, debido al COVID-19

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