Hace dos años, María Nimacachi, una mujer maya k’aqchiquel’ comenzó a hacer realidad un sueño: contar con un centro cultural en donde se pudiera mostrar a los visitantes parte de la cultura de su pueblo, Santa Catarina Palopó.
«La gente que me conoce, me decía que no iba a lograr nada, que eran solo sueños», cuenta María. Sin embargo, cuando el pueblo de Santa Catarina Palopó comenzó a experimentar un cambio en la apariencia de sus fachadas, la sensación general que el poblado de mayoría k’aquchiquel proyectaba dio un giro radical.
Una iniciativa de empresarios y residentes no indígenas, en comunión con la alcaldía y otras entidades privadas, con un objetivo más utilitario que espiritual, permitió que las fachadas grises, a medio terminar y decoradas con colores de movimientos políticos y/o comerciales, cambiaran por colores tradicionales de la población maya, así como por la simbología que adorna sus ropas y accesorios.
Fue este evento el que la animó a embarcarse en la lucha por crear un centro en el que cualquiera pudiera aprender acerca de los valores, el conocimiento y el legado cultural e histórico que sus antepasados le habían heredado.
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Después de mucho esfuerzo, María logró fundar el Centro Cultural de Santa Catarina Palopó, un espacio administrado por mujeres, en el que muestran parte de la historia y el significado de algunos de sus rasgos culturales más visibles e importantes: la vestimenta.
Al igual que el resto de etnias mayas, los k’aqchiqueles de Palopó plasmaron en sus prendas algunos de los animales, plantas y elementos del mundo natural que los rodean. «En las paredes [de Santa Catarina] pueden ver una representación de lo que plasmamos en nuestros trajes. Eso es muy importante para nosotros, porque podemos mostrar nuestra identidad», dice María.

Sin embargo, esto no siempre fue posible o deseado incluso por los pobladores locales. María cuenta que hubo una época en que la gente de Santa Catarina se rehusaba a mostrar su identidad a cualquiera que viniera fuera de su comunidad. «Antes la gente no estaba muy contenta de recibir a los turistas, porque tenían temor y vergüenza de mostrar al mundo quiénes éramos y cómo vivíamos», dice. Esto tiene una relación directa con el trato que las poblaciones indígenas han recibido durante siglos, y que aún tiene a estos grupos como uno de los más olvidados por parte del Estado de Guatemala y sus políticas de desarrollo económico, educativo y social.
Pero eso ha cambiado. María es una fiel creyente que esconderse es algo que solamente daña a su cultura. «Queremos mostrar nuestro trabajo», dice » así las nuevas generaciones pueden ser parte de lo que hacemos y somos», dice María.
Rastros y diseños

Para el ojo común, las prendas que las mujeres indígenas ponen a la venta pueden ser simples souvenirs, pero para ellas, cada pieza es un tributo al legado que sus ancestros les heredaron, y que toman con responsabilidad para poder mantenerlo vivo. «Ellas nos enseñaron todos los diseños, lo que han plasmado. No lo podemos olvidar», cuenta.
Y eso no es solo con la ropa. En San Antonio Palopó sucede lo mismo con la cerámica que ahí se elabora. Luego de un largo proceso en el que se recolecta arena de lugares como la ciudad de Guatemala, Mixco y otras regiones del país, esta se cierne hasta convertirla en un polvillo, al que se le empieza a dar la forma deseada. Una vez conseguido, se mete al horno durante unas 10 horas, para que esta tome consistencia.
Es a partir de ahí que el legado cultural se hace presente. Las vasijas se pintan con tintes especiales y luego se le dibujan los diseños característicos de la región. «Usamos el diseño de gota de agua, que es el más popular, así como el colibrí, que representa al amor», dice Fabiola, una pequeña artesana que trabaja junto a su familia para mantener viva la tradición.

Luego de pintadas las piezas, vuelven a pasar por el horno, para darle el toque final y que estas sean llevadas por los clientes que visitan las tiendas de San Antonio.
Los guías de turismo que llevan visitantes a estos lugares, hacen saber a todas las personas, que el trabajo de las artesanas es uno muy laborioso, que conlleva mucho más que un paso a paso. Para estas mujeres, mostrar su identidad es una acción clave, ya que a través de ello buscan la comprensión de parte del público en general. «Ahora ya no nos avergonzamos. Las personas pueden venir y ser parte de nuestra cultura, de nuestras costumbres«, concluye María.
