El cambio climático no siempre se manifiesta como calor extremo. A veces aparece como frío fuera de lugar. Como escarcha sobre los cultivos del altiplano guatemalteco o temperaturas bajo cero en regiones donde el invierno rara vez se siente así.
En los últimos días, en varias partes de Centroamérica se reportaron imágenes de comunidades que amanecieron cubiertas por una capa blanca de hielo. Para muchos, la explicación inmediata fue un “frente frío”. Y lo es. Pero esa respuesta local no alcanza para entender del todo lo que está ocurriendo.
Porque el frío que llegó a Guatemala no se originó aquí
Durante el invierno boreal, una vasta masa de aire helado, conocida como vórtice polar, suele permanecer contenida alrededor del Ártico. Es una especie de reserva de frío que gira sobre sí misma, relativamente estable, lejos de las latitudes tropicales.
Sin embargo, ese sistema no es inmune a los cambios que atraviesa el planeta.
El Ártico se está calentando más rápido que el resto del mundo, un fenómeno ampliamente documentado por la ciencia climática. La pérdida de hielo marino expone grandes extensiones de océano que liberan más calor hacia la atmósfera. Ese exceso de energía no desaparece: altera los patrones de circulación atmosférica.
Algunos estudios sugieren que estas alteraciones pueden debilitar o “estirar” el vórtice polar, permitiendo que el aire ártico escape hacia el sur. No ocurre siempre, ni de la misma forma, pero cuando sucede, el frío puede desplazarse miles de kilómetros fuera de su zona habitual.
El colapso del vórtice polar puede provocar temperaturas bajo cero, fuertes nevadas y tormentas, que se extienden a Norteamérica y Europa.

El vórtice polar es un gran remolino de vientos y aire muy frío que, en invierno, rodea el Ártico y suele mantener el frío encerrado en el Polo Norte. Pero cuando se debilita por un calentamiento súbito de la estratosfera, un rápido aumento de temperatura y presión en capas altas, el aire frío se «escapa» del remolino y libera el frío hacia el sur.
En los últimos días varios análisis apuntan a un vórtice polar cada vez más inestable, con lóbulos que se descuelgan hacia América y Europa. España, de momento, empieza febrero bajo el dominio de borrascas atlánticas, con lluvia, viento y nieve en montaña, mientras los meteorólogos vigilan si ese enfriamiento en altura termina notándose en superficie más adelante.
El meteorólogo Andrej Flis, de Severe Weather Europe, detalla que los modelos apuntan a un calentamiento súbito estratosférico a inicios de febrero. Este fenómeno puede partir el vórtice en dos y, en ocasiones, trasladar sus efectos hacia abajo, donde se genera el tiempo que sentimos. Flis recuerda, no obstante, que no todos los vórtices “bajan” y que su impacto varía según la región».
Ese viaje suele comenzar en el Ártico, atravesar Norteamérica y, en determinados inviernos, alcanzar México y Centroamérica y otras partes de Europa en forma de frentes fríos más intensos de lo normal.
En Guatemala, el fenómeno se traduce en heladas, escarcha y temperaturas extremas en el altiplano. Localmente, los institutos meteorológicos lo explican, con razón, como el ingreso de aire frío asociado a sistemas de alta presión. Pero esa es solo una parte de la historia.
La otra parte ocurre a escala planetaria.
La ciencia climática aún debate cuánto influye directamente el calentamiento del Ártico en estos episodios específicos. No hay consensos absolutos ni explicaciones lineales. Pero sí hay algo claro: el cambio climático no solo eleva las temperaturas promedio; también vuelve al sistema climático más variable, más inestable y menos predecible.
En ese contexto, el frío extremo deja de ser una anomalía aislada y pasa a formar parte de un clima que se desordena.
Lo que ocurre en la cima del mundo no se queda allí. A veces, hasta termina congelando paisajes en los trópicos.
