Los hábitos consumistas, la mala planificación y el interés por el beneficio económico a nivel mundial podrían ser algunas de las causas por las que la pandemia del COVID-19 se haya propagado por el mundo.
«Existe un vínculo muy estrecho entre la propagación de las pandemias y el tamaño de la pérdida de la naturaleza», es la conclusión del informe «Pandemias, el efecto boomerang de la destrucción de los ecosistemas: proteger la salud humana preservando la biodiversidad«, realizado por el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF)- Italia.
La destrucción de las zonas naturales, el comercio ilegal de especies silvestres y la poca planificación para el crecimiento demográfico y urbano son algunas de las razonas por las que las pandemias, como la actual del coronavirus, podrían propagarse más rápidamente.
«El Covid-19, al igual que en el SARS del 2002, dio el salto del murciélago al ser humano», dijo Jordi Serra-Cobo, biólogo del departamento de Biologia Evolutiva, Ecologia i Ciències Ambientals de la Universitat de Barcelona. El científico añadió que «cuando destruimos masa forestal es para poner en su lugar asentamientos humanos. Y una parte de la fauna salvaje que estaba allí pasa a alojarse en estos ambientes».
Enfermedades zoonóticas

La Organización Mundial de la Salud (OMS) alertó, mediante una diversidad de informes, que «el 60% de las enfermedades humanas infecciosas conocidas son de origen animal (animales domésticos o salvajes), al igual que un 75% de enfermedades humanas emergentes», entre las que podemos contabilizar al ébola, las gripes aviar y porcina y la COVID-19.
El problema se agrava debido a que el mundo existen redes importantes de tráfico de animales exóticos, lo que disminuye la salud de los ecosistemas, que son importantes para detener la propagación de enfermedades e infecciones de origen animal.
Una enfermedad zoonótica es una enfermedad que puede transmitirse entre animales y seres humanos. Las enfermedades zoonóticas pueden ser provocadas por virus, bacterias, parásitos y hongos.
La WWF llama a los bosques como el perfecto «antivirus», y que, debido a la degradación forestal, «rompe equilibrios ecológicos que pueden contrarrestar los microorganismos responsables de ciertas enfermedades y crear condiciones favorables para su propagación».
En 40 años, el planeta ha perdido el 60% de las poblaciones de vertebrados, esto según datos del Living Planet Report elaborado por WWF en 2018.
Protección de los bosques

Sin duda, la protección de los bosques, la biodiversidad y los diferentes hábitats del planeta debería de ser una prioridad para los gobiernos del mundo. Sin embargo, la evidencia reciente muestra lo contrario.
Solamente en 2019, el Amazonas, por ejemplo, perdió unos 9,762 km2 de bosque virgen, debido a la propagación de unos 80,000 incendios forestales. En Centroamérica, situaciones como la tala inmoderada, la siembra de especies exóticas, como la teca (Tectona grandis) y la palma africana, entre otras, han convertido a los parajes naturales en sistemas agroforestales de monocultivos, que impactan a la biodiversidad de las zonas que se degradan.
En Guatemala surgió un modelo de conservación, basado en concesiones forestales comunitarias, que ha probado ser de gran éxito, no solo por el cuidado del bosque, sino también por proveer de ingresos sostenibles a las comunidades que protegen los recursos naturales.
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Organizaciones internacionales como Rainforest Alliance, han manifestado su satisfacción con este modelo y han instado a los diferentes países a que repliquen la fórmula. Recientemente, el Estado de Guatemala amplió por 25 años más el contrato a varias comunidades.
«Esto es un premio para todos los comunitarios, ya que hace 20 años nadie creía en ellos», dijo Eddy Pulido, Gerente de la Concesión Forestal de Carmelita. «Mucha gente pensaba que iba a ser un fracaso confiar en las comunitarios para la conservación del bosque. Este anuncio, sin embargo, demuestra que la gente de las comunidades pueden manejar adecuadamente el bosque», añadió
