El Carnaval de Baranquilla en Colombia, reconocido por la Unesco y con dos millones de asistentes, es el más grande de Colombia y el segundo de Latinoamérica tras el de Río de Janeiro.
La diversidad, como me dicen los locales, es un punto primordial. El Carnaval es indígena, blanco, negro, mulato, zambo y mestizo. Sus danzas recorren todos los pueblos del Caribe colombiano. Hay una mezcla de tradiciones y culturas caribeñas, europeas como cumbias, porros, mapales, gaitas. Sin dejar de lado, la diversidad de artesanías y disfraces, con sombreros adornados y mascaras de animales.
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Quienes participan pueden llevarse todo el año alistándose para el siguiente carnaval. Los disfraces de las comparsas son obras de arte (el típico es el de marimonda, parodia de un hombre con traje de colores chillones, grandes orejas y una nariz con forma de pene, que surgió para incomodar a la alta sociedad), y las danzas de los grupos folclóricos (cumbiamba, mapalé, garabato, del Congo, de son de negro) rezuman puro ritmo Caribe.

Pero que quede claro que la primera regla de este Carnaval, es que no tiene reglas. Los espectadores se convierten en bailarines, el rico se viste como esclavo, el bello como feo y el hombre como mujer. Es una fiesta colectiva que se realiza solo con el fin único de gozarlo.
“Quien lo vive es quien lo goza”, dicen los barranquilleros. Durante el Carnaval hay que dejarse llevar y absorber esa actitud de “gozadera” de la que alardean los locales.
A mis ojos el Carnaval de Baranquilla es multicultural, lleno de colores y ritmos, diverso y rico en diferentes expresiones: su baile, al igual que su música, se obtiene de todas las ciudades de la parte caribeña de Colombia.
Es una experiencia para vivir y poder acercarse aún más a la gente y su linda energía y positividad de la vida.

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