Por Sandra Álvarez y Jorge Rodríguez
Desde que somos niños, aparte de las lecciones de nuestros padres, hay una frase que escuchamos siempre «los niños son el futuro». Esa, aunque no lo parezca es una carga emocional para los 2,200 millones de niños y niñas que viven en todo el mundo.
De ellos, cerca del 50% (1,000 millones) viven en condiciones en desventaja. Según UNICEF, 1 de cada 3 niños que viven en países en desarrollo no cuentan con letrinas en el hogar. 1 de cada 5 no tienen acceso a agua potable y 1 de cada 7 no cuentan con atención de la salud. Se estima también que todos los días, 29,158 niños menores de cinco años mueren a causa de enfermedades evitables.
En su informe Estado mundial de la infancia 2019, el organismo internacional resalta que al menos 1 de cada 3 niños menores de 5 años está desnutrido o tiene sobrepeso, y 1 de cada 2 padece hambre oculta (falta de nutrientes esenciales para su crecimiento).
Todos estos datos ponen en evidencia la vulnerabilidad de este sector de la población, especialmente en los países en vías de desarrollo. Si los niños y niñas son el futuro, ciertamente apenas el 50% ellos crecerá en condiciones aceptables para vivirlo.
En las últimas décadas, además, las consecuencias del cambio climático se presentan como una amenaza para la salud física y mental de la niñez mundial.
Pobreza y precariedad como cargas emocionales

La salud mental de los individuos es un elemento que recibe muy poca atención en la actualidad. Con la reciente pandemia del coronavirus (SARS-CoV-2), la población en general, está experimentando, de manera directa, las consecuencias que una vida de carencias tiene en el estado de ánimo del individuo.
«En un hogar o comunidad (que generalmente son ambas) con dificultades económicas prolongadas, las personas se ven obligadas a vivir situaciones de estrés constante. Esto aumenta en los niños las posibilidades de desarrollar depresión y trastornos como la ansiedad y el estrés, que se manifiestan hasta la edad adulta», dice la psicóloga guatemalteca Ximena Fuentes.
Además, «la globalización, la urbanización, las desigualdades, las crisis humanitarias y las perturbaciones climáticas están provocando cambios negativos sin precedentes en la situación nutricional de los niños de todo el mundo», añade UNICEF.
También que algunos eventos meteorológicos extremos sean más frecuentes, extensos o graves, aumenta el riesgo para la salud mental de los niños. Ante los desastres naturales su vulnerabilidad se hace más grande porque ellos no se pueden valer por sí mismos, particularmente aquellos con capacidades especiales.
«Una vida entera vivida “al extremo” emocional, se traduce en inapetencia vital (gente sin sentido de vida, sin ganas de vivir), inseguridad y menor motivación de emprendimiento», cuenta Fuentes.
La pandemia, un factor extra de estrés

Entre el año 2000 y el 2016, la proporción de niños con sobrepeso de 5 a 19 años aumentó del 10% al 20%. Esto se debe, principalmente, a que los alimentos sanos son muy caros, y los que no aportan valor nutritivo y están muy procesados son baratos y accesibles.
El psicólogo estadounidense Abraham Maslow, planteó una pirámide de necesidades humanas, en la que las personas buscamos, de manera casi instintiva, satisfacer nuestras necesidades más básicas, como alimentación, vivienda y educación. Quienes las obtienen, desarrollan otras más elevadas, como la seguridad, el sentido de pertenencia y la autorealización.
Fuentes, quien trabajó durante dos años con comunidades luego de la erupción del volcán de Fuego ocurrida en Guatemala en junio de 2019, considera que el individuo que vive en condiciones de pobreza y falta de oportunidades, «invierte la vida, y todos sus recursos (tiempo, energía, motivación) en cubrir las necesidades básicas y de existencia/sobrevivencia», lo que le obliga a vivir en un estado constante de «emergencia y miedo a la carestía».
Esta es una realidad que viven día a día, más del 50% de la población en países como Guatemala y Honduras, que se ubican bajo la línea de pobreza. A esta dura cotidianidad, ahora hay que añadir el estrés y la ansiedad provocadas por la pandemia del coronavirus.
«El gobierno ha tomado medidas sin respetar la idiosincracia de los pueblos indígenas», dijo Norvin Goff, presidente de la Federación de los Miskitos en Honduras. «(Por la pandemia) no se permite a las personas realizar sus prácticas ancestrales de siembra de alimentos, pesca y cacería», añadió.
Toda esta situación genera estrés en la población, en parte por la incertidumbre que vive todo el mundo y en parte por no poder poner en práctica sus propias soluciones, basadas en su conocimiento ancestral y espiritual comunitario.
Soluciones comunitarias

Sin embargo, y aunque la mayoría de gobiernos no piensan en ello, algunas comunidades están dispuestas a tomar sus propias decisiones, para revertir esta situación. «Nosotros decidimos frenar el ingreso de productos desde Panamá y Colombia«, cuenta Anelio Merry, de la comunidad Guna Yala de Panamá.
Debido a la globalización, este grupo detectó el cambio de hábitos en sus comunidades, por lo que el coronavirus les ha servido de excusa para fomentar su recuperación, con acciones como la prohibición de ciertos productos de «primera necesidad», desde el anuncio del ingreso del COVID-19 al país canalero a principios de marzo pasado.
El veto a ciertos productos «se hizo con la idea de que nuestra propia gente tomara la decisión de retomar prácticas ancestrales, como la siembra de caña de azúcar, arroz y yuca», dice el dirigente comunitario.
Al tomar control de su destino, los grupos sociales combaten, con su propia visión, idiosincracia y objetivos en común, los problemas que les afectan, tanto a nivel individual como colectivo.
«Tomando en cuenta que la personalidad es una construcción biológica, psicológica y social, claro que el entorno de escasez y carencia afecta al individuo, sobre todo a los niños», cuenta Fuentes. «Las condiciones vitales y las privaciones que tengan, sobre todo entre los 0 y 5 años, pueden marcar su salud, su capacidad intelectual, su personalidad y relaciones sociales», añade.
Henrietta Fore, directora ejecutiva de UNICEF, manifestó que «se necesita la voluntad política de los gobiernos nacionales», respaldada por compromisos financieros claros. Esto con el objetivo de priorizar el desarrollo del sector más joven de la población mundial, «no sólo en el sistema alimentario, sino también en los sistemas de salud, agua y saneamiento, educación y protección social«.
El correcto desarrollo de los niños, niñas y adolescentes del mundo, requiere del compromiso de todos los sectores de la sociedad, comprometidos en brindarles la oportunidad de tener un futuro que disfrutar.
