Las colas de los nidos tienen una función para confundir a los depredadores. Foto: Dáfini Letícia Bruno

En lo profundo del húmedo sotobosque del Bosque Atlántico brasileño, donde la luz del sol se filtra entre las hojas esmeralda, un pequeño pájaro ha creado una de las herramientas de supervivencia más sutiles y a la vez impactantes de la naturaleza. Los bosques verde esmeralda resuenan con el canto de los pájaros, pero entre los sonidos se esconde una historia más silenciosa: una de camuflaje, percepción e ingenio evolutivo.

El modesto héroe de este relato no es un depredador ápice ni una especie deslumbrante, sino el humilde nido del saltarín azul, un paseriforme regordete y de brillantes colores que revolotea entre los arbustos de las riberas. Apenas más grande que una taza de té, su nido parecería un blanco fácil para los ojos hambrientos, si no fuera por lo que cuelga debajo.

Investigadores han descubierto que las colas de material que cuelgan debajo de los nidos de aves actúan como un camuflaje disruptivo que reduce significativamente el riesgo de depredación. En un estudio centrado en saltarines azules, los nidos sin estas colas colgantes tenían 10 veces más probabilidades de ser detectados y atacados.

Biólogos recolectaron 50 nidos abandonados de saltarín azul y, en un audaz experimento de campo, añadieron huevos de plastilina realistas a cada uno. La mitad se dejaron intactos, con cola incluida; a la otra mitad se les retiró la cola cuidadosamente. Cámaras infrarrojas activadas por movimiento observaron día y noche. ¿El resultado? Los nidos sin cola tenían 10 veces más probabilidades de ser atacados por depredadores, y todos los atacantes confirmados cazaban aves visualmente.

Los hallazgos confirman por primera vez la hipótesis del camuflaje disruptivo para las colas de los nidos de aves. Esta teoría sugiere que los apéndices colgantes dan al nido una forma falsa, lo que dificulta que los depredadores visualmente orientados lo identifiquen como objetivo.

«No se trata solo de la coincidencia de fondo», explica el autor principal del estudio. La cola no hace invisible el nido, sino que altera su contorno, desvirtuando la forma reconocible que buscan los depredadores.

Oropéndola crestada haciendo su nido. Foto: Alberto Acero/Macaulay Library ML 209619391

Más de lo que se ve a simple vista

Las implicaciones van más allá de una sola especie. Decenas de paseriformes construyen nidos elaborados con materiales colgantes; sin embargo, los científicos han tenido dificultades durante mucho tiempo para comprobar si estas decoraciones son funcionales o incidentales. Muchos estudios previos sugirieron que el camuflaje podría ayudar, pero la evidencia fue contradictoria: a veces, los nidos decorados con escombros tenían más probabilidades de encontrarse, no menos.

Lo que esta nueva investigación demuestra es que la arquitectura del nido en sí misma, no solo la elección del lugar o la vegetación circundante, puede evolucionar bajo la presión de la depredación. Nos recuerda que la selección no se trata solo de plumas brillantes o cantos atrevidos, sino también de la lógica oculta de la supervivencia en detalles discretos y discretos.

Para los observadores de aves ocasionales, la cola colgante del nido del saltarín azul puede parecer curiosa o caprichosa. Pero para los ecólogos evolutivos, es una ventana a cómo las especies se adaptan de forma sutil e ingeniosa a las presiones de la vida y la muerte. En el juego de luces y sombras bajo las copas de los árboles, la silueta irregular del nido se ha convertido en un salvavidas, no ocultando a sus habitantes, sino haciéndolo irreconocible para quien lo busque.

Por Jorge Rodríguez

Fotoperiodista y comunicador.

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