Las aves pueden pensar, recordar, sentir, dar regalos y amar a otros miembros de su especie y a los humanos, dijo Jennifer Ackerman, una ornitologa e investigadora estadounidense, quien ha escrito varios libros acerca de la vida silvestre y es colaboradora habitual de National Geographic, entre otras publicaciones.
Ackerman afirma que las aves sí piensan y lo hacen para encontrar soluciones a los nuevos problemas que se le plantean e inventan nuevas soluciones a problemas antiguos. Esto se ha demostrado con casos como el el cuervo de Nueva Caledonia (Corvus moneduloides) es capaz de construir herramientas moldeando ramas.
Al preguntarle sobre por qué se empezó hace tan poco tiempo a realizar estos estudios explicó que antes los científicos creían que los cerebros de las aves eran primitivos. El antecedente son los estudios realizados por la científica Irene Pepperberg, quien demostró la inteligencia de un lorito llamado Alex. Era un loro gris africano, y después de tres décadas logró demostrar que tenía la capacidad de expresarse con sentimiento e inteligencia más allá de la simple repetición.

Aunque durante mucho tiempo nadie tomó en serio esos estudios, ahora hay muchas investigaciones y no dejan de asombrar. Uno de los más interesantes demostró al comparar la densidad de las neuronas de las aves con las de los primates que tuvieran un cerebro del mismo tamaño, que las aves tienen el doble de neuronas, y cuatro veces más comparadas con otros mamíferos.
Un cerebro así les permite tener capacidades mentales que se pueden comparar con las de los primates. En algunos aspectos pueden ser superiores, incluso a las de los humanos. Entre las asombrosas capacidades que tienen muy desarrolladas está su razonamiento. Hay palomas a las que entrenan para mirar mamografías y ellas son capaces de distinguir entre los tejidos que están sanos y los tejidos que tienen cáncer con una habilidad mejor que los humanos.
Entre los comportamientos más impactantes según la ornitóloga Jennifer Ackerman hay muchos. Por ejemplo, las aves traicionan y engañan. Entre ellas discuten, se burlan, hacen trampa, rivalizan por el estatus, juegan o no permiten que sus crías se acerquen a desconocidos.

Muchas aves se besan para consolarse entre sí. Tienen lazos muy especiales con sus parejas, cuando esta muere, pueden llegar a deprimirse o a dejar de comer. Esto puede deberse a que los circuitos de los cerebros de las aves que tienen el control sobre su comportamiento social es muy parecido a los del cerebro de los humanos.
Según Ackerman, las aves pueden cantar por placer. Y se ha comprobado que cuando lo hacen bien su cuerpo genera una subida de endorfinas. Incluso entre las parejas suelen hacer dúos, lo que exige mucha coordinación. El canto también puede servir para cooperar entre ellos.
Los humanos tenemos mucho más que descubrir y aprender de la naturaleza. Aún estamos a tiempo de que estos seres sigan teniendo un planeta en el que vivir y que la extinción no sea su única posibilidad de futuro.
Foto de portada: Evaristo Chocoy
Con información de La vanguardia.
