En su edición del 1 de junio, el periódico colombiano El Tiempo, publica la historia de Diego Calderón, un biólogo que fue secuestrado por grupos armados guerrilleros, a inicios de los años 2000. Apasionado por las aves, durante sus 88 días de captura, aprovechó cualquier pedazo de papel para anotar los pájaros que veía pasar.
En el artículo, Calderón resalta la importancia de reconocer y valorar el conocimiento empírico que los pobladores de las regiones más alejadas de Colombia, pueden aportar a la ciencia. «No reconocer a los excombatientes, y lo que saben, es desperdiciar la oportunidad de hacer ciencia de la mejor calidad».
De hecho, en una reciente expedición a un área de Antioquia, una región al noreste de Colombia, 50 investigadores, acompañados de 10 excombatientes, descubrieron 14 nuevas especies: dos cucarrones, diez plantas, un ratón arborícola y un lagarto.
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Si bien el caso de Calderón es específico a las zonas montañosas de Colombia, lo cierto es que en todo el continente, particularmente en países como Guatemala, El Salvador y otros con un pasado de conflictos armados internos, este es un caso que se repite en las zonas montañosas y boscosas.
«Es imposible negar que son igualiticos a vos y a mí», dice Calderón. Añade que la gente que ha recorrido el monte durante años, muestran deseos de que los «tratemos de tú a tú, de que aprendamos de ellos y les enseñemos de nosotros también».
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Ese conocimiento ancestral y empírico puede ser aprovechado por la ciencia, así como brindar a estas comunidades, una oportunidad de desarrollo económico a partir de los recursos naturales que les rodean. Para ello es necesario dotarles de herramientas en base a estrategias claras y definidas, capacitación en liderazgo, inglés y manejo de personal, planes de conservación y manejo de los recursos y estrategias de promoción y mercadeo digital.
El ecoturismo es una excelente herramienta para que poblaciones marginadas puedan integrarse, de manera eficaz, al motor del desarrollo económico de los países. Sin embargo, hay que respetar la idiosincrasia de los pueblos y su cosmovisión, para que los proyectos tengan un sentido de pertenencia para quienes participan de ellos.


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