Bárbara Padilla es una montañista guatemalteca que trabajó de la mano con guías y brigadas hasta el año pasado, para construir cuatro refugios en la cima de distintos volcanes del país. La misión es albergar a escaladores de las vicisitudes climáticas y evitar tragedias como las que han sucedido antes.

Dos años antes de alcanzar la cima del monte Everest en 2016, la andinista Bárbara volvió de Nepal a Guatemala y recibió una invitación de un grupo de montañistas para subir al volcán Acatenango, la cual, por su condición física y lluvias recientes, rechazó. Sin embargo, aun ausente, ese asenso la marcó y la acompaña hasta la fecha.

En esa ocasión, a 30 metros de la cima, el excursionista Diego Flores, de 20 años, perdió la vida debido a la falta de insumos, equipo y las inclemencias del clima. A raíz del incidente, ella insistió en crear un refugio en el lugar, pero en ese entonces no contaba con los recursos necesarios para hacerlo.

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La idea se concretó en 2017 cuando, de nuevo, la tragedia de seis fallecidos en el mismo volcán llegó a oídos de Padilla. “Fue ahí cuando se avivó todo y pensé que sí se debían de hacer los refugios”, menciona la segunda centroamericana en alcanzar el Everest.

Construcción en cuatro puntos

Los refugios están ubicados en las cimas de los 4 picos más altos de Guatemala. Foto: Bárbara Padilla/Facebook

Con determinación creó el proyecto Misión Cinturón de Fuego, que incluye a los volcanes Acatenango, Tajumulco, Tacaná y Atitlán como foco para tener refugios debido a la afluencia de personas que los visitan. “Por lo menos en el Acatenango ya está subiendo cerca del medio millón de personas al año”, asegura la andinista.

Los primeros dos albergues se colocaron en 2017 en la cima del Acatenango y Tajumulco, mientras que el año pasado se edificaron los últimos dos en Tacaná y Atitlán, respectivamente.

La elaboración de cada uno de los refugios contó con la dirección de la deportista y la participación de guías montañistas y Brigadas para la Montaña del Ejército de Guatemala. En algunas ocasiones lograron subir en un solo día, como en el Acatenango, y en otras fueron hasta 15 días los que necesitaron para concluir con la tarea, como en el Tacaná.

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“Salíamos a las cinco de la mañana y regresábamos ese mismo día a la brigada para volver a subir al siguiente día”, recuerda. Todos los días subían pesos de hasta 40 libras, ya que los materiales que utilizaron fueron puertas de refrigerador, ladrillos, cemento levanta muros, entre otros.

Bárbara resalta que el refugio del volcán de Acatenango es una réplica del que se encuentra en el monte Aconcagua, el más alto de América ubicado en Argentina. “Su estructura es de paneles de refrigeradora y tiene un peso de 5 mil libras; fue trasladada en un día y armada en la cima por técnicos especializados”, dice.

Otros dos armazones están construidos con ladrillos y uno con piedra volcánica. “La intensión con estos refugios es salvar vidas en los volcanes y espero que en su momento resguarden a alguien”, señala.

Pasos de Gigante

Su libro «Pasos de Gigante» le ha ayudado a financiar sus proyectos. Foto: Jorge Rodríguez/Viatori

Luego de alcanzar la cima del Monte Everest, Bárbara escribió el libro «Pasos de Gigante», publicación que le permitió, sin imaginarlo, tener una fuente de financiamiento para completar el proyecto Misión Cinturón de Fuego. «Me acerqué a la gente, una a una, para vender el libro y contarles acerca del proyecto. Comencé a promoverlo en centros comerciales y en el Aeropuerto Internacional La Aurora», cuenta.

La primera muestra de apoyo hacia Padilla vino de Flora Ramos, quien en su momento fue paciente del Doctor Axel Carranza, uno de los fallecidos en 2017. El acercamiento tuvo como motivo la donación de $6,025 para la construcción del primer refugio.

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Sin embargo, el patrocinio y donaciones privadas también sumaron a la causa, ya que la andinista calcula que para cada refugio fue necesaria la inversión de, aproximadamente, Q50 mil. Este monto incluyó gastos de alimentación, hospedaje, materiales y gasolina, entre otros.

La estimación del tiempo de vida en óptimas condiciones para estos albergues es de 30 años, por lo que Padilla pide que se haga el esfuerzo de cuidarlos y sería ideal si “hubiese un acuerdo por parte de las autoridades para que prevalezcan”. Asegura que: “En esta vida se vive o pagando o sufriendo y parte de mi paga es contribuir con estos refugios, así es como apoyo al andinismo”, concluye.

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Por Ana Isabel Barrios

Escritora y periodista guatemalteca

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