El bosque tropical, ese que durante décadas ha funcionado como un amortiguador natural frente al cambio climático, está perdiendo terreno a un ritmo alarmante. Un nuevo análisis del Global Forest Watch advierte que 2024 marcó un punto crítico: la pérdida de bosques tropicales primarios alcanzó niveles récord, impulsada principalmente por incendios.

La cifra es contundente. Millones de hectáreas de bosque desaparecieron en un solo año, en un contexto de condiciones climáticas extremas. Sequías más intensas, temperaturas elevadas y eventos como El Niño crearon el escenario perfecto para que el fuego se expandiera, a menudo fuera de control. En varios casos, estos incendios no son naturales, sino el resultado de prácticas humanas que emplean el fuego como herramienta para despejar tierras.

El informe señala que, aunque la deforestación asociada a la expansión agrícola sigue siendo un motor clave, particularmente por la demanda global de productos como la soya, la carne o el aceite de palma, en 2024 fueron los incendios los que marcaron la diferencia. En países como Bolivia, la pérdida de bosque se disparó precisamente por esta combinación de expansión agrícola y fuego, lo que evidencia cómo ambos factores pueden potenciarse mutuamente.

En contraste, Brasil mostró señales mixtas. Si bien logró reducir la deforestación asociada a la conversión directa del bosque gracias a políticas públicas más estrictas, no pudo evitar el impacto de los incendios, que aumentaron en un contexto de condiciones climáticas adversas. Este patrón revela una tensión creciente: incluso cuando hay avances en materia de gobernanza, el cambio climático puede revertirlos o debilitarlos.

Guatemala no está aislada de esas dinámicas.

En la temporada 2026, hasta abril, Guatemala ha registrado cerca de 900 incendios forestales. Foto: CONRED Guatemala.

De acuerdo con datos de GFW, el país perdió alrededor de 120 mil hectáreas de bosque natural en 2024, en un territorio donde casi la mitad de la superficie aún mantiene cobertura forestal.

El problema no es solo cuánto bosque se pierde, sino dónde ocurre esa pérdida. En regiones como Petén, donde se concentran los últimos grandes bloques de selva, la presión por el cambio de uso del suelo sigue siendo constante. La expansión agrícola, la ganadería y las economías ilegales crean un escenario en el que el bosque compite directamente con otras formas de uso del territorio.

El informe también deja ver un trasfondo más amplio. A nivel global, la pérdida de bosques está profundamente vinculada a los incentivos económicos. Mientras actividades como la agricultura o la extracción de recursos sigan siendo más rentables que la conservación, la presión sobre los bosques continuará.

Más allá de las diferencias regionales, el informe insiste en una idea central: la pérdida de bosques está impulsada por una combinación de fuerzas globales y locales. Por un lado, los mercados internacionales continúan incentivando la conversión del bosque en tierras productivas. Por otro lado, millones de personas dependen directamente de esos territorios para sobrevivir.

A esto se suma un factor cada vez más determinante: el cambio climático. Los bosques, debilitados por sequías prolongadas, son ahora más vulnerables al fuego. Y cada incendio libera grandes cantidades de carbono, lo que alimenta un ciclo que agrava aún más la crisis climática.