Fotodiario UNO, El día de la nostalgia

Conocí otro mirador hacia Los Cuchumatanes, de camino me enseñaron una enorme piedra donde dicen que se ve la Virgen de Guadalupe (aunque más parece la huella que el agua dejó a su paso sobre la roca).
Me llevaron a un instituto en donde las aulas de Básicos no tienen escritorios pero que en las de Diversificado los escritorios aún no han sido desempacados por falta de estudiantes (dicen que no les interesa estudiar un Bachillerato porque de eso no pueden trabajar).
De regreso pasé por las más de siete cruces donde yace el recuerdo de los maestros que murieron en la carretera hacia Barillas y cuando llegué a casa, me di cuenta que esa habitación no es mi hogar.

Esa fue la primera foto que tomé en este viaje y el párrafo anterior fue su pequeño pie de foto, ¡diablos, cuánta nostalgia en la última oración! Tardé casi cuatro meses para empezar a escribir sobre mi experiencia en Huehuetenango, yo, una capitalina con corazón urbano viviendo en la provincia, sé que no suena muy divertido. Estos 238 kilómetros no se comparan con los miles de kilómetros de quienes han decidido cambiarse de país o continente de forma indefinida.

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Mi viaje es temporal pero mi ser convulsiona cada cierto tiempo y reconozco que cuando no estoy librando una batalla conmigo, escribo con fluidez, aunque me cueste arrancar el corazón de la mano con la que escribo. “¡No seas dramática!” me dijeron y me dije muchas veces, pero qué puedo hacer si soy de las personas que construyen su vida con base a los recuerdos. Neófitamente analicé mi firma y me di cuenta que siempre regreso hacia donde empecé.

Por eso descarté la posibilidad de ser mochilera porque me cuesta mucho soltar –aferrada le dicen algunas personas-  pese a que dejar mi trabajo, mi gato, mi casa, mi comodidad, fue una decisión consciente. Pero antes de que empecemos a llorar (no es el objetivo de este espacio), les cuento que mi estadía en este lugar es por un motivo puramente universitario – una década en la misma carrera ya pesan -, además que quería tener una experiencia diferente.

Esto último es lo que nos suele mover cuando viajamos, conocer gente, costumbres y culturas distintas, aunque muchas veces no nos movamos de nuestra zona horaria (como es mi caso en estos momentos) y es que por ahí dicen que para conocer otras costumbres no es suficiente un viaje turístico de un par de días, hay que procurar vivir y convivir.

En fin, lo primero que hice al llegar a mi nuevo hogar fue comprar la Monografía de Huehuetenango, escrita por Adrián Recinos, el mismo que escribió la primera edición del Popol Vuh en español. Cuando leemos algo, el autor nos proporciona imágenes mentales de lo que quiere y leer la monografía estando en el lugar, hizo que superara la experiencia y que en lugar de imágenes mentales, tuviera imágenes reales del lugar del queso chancol, de la sal negra y de las montañas que alguna vez fueron parte del fondo del mar.

Ha pasado tanto en tan poco tiempo que pasé de vivir en una casa de una familia cristiana evangélica que cuando salía a la calle era exclusivamente para ir a la iglesia, al apartamento de un soltero que tiene como vecino un bar con un gusto musical ecléctico. Desde este espacio escribo descubriendo mi habilidad de enmudecer el mundo exterior, o al menos, las calles vecinas.

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